lunes, 22 de septiembre de 2008

Un angel me acompaña 7

Capítulo 7
Eutanasia. Les daba miedo que mencionase la palabra. Pero lo hacía con naturalidad, sin sobresaltos o crispación.
Creo que, llegado el momento en el que la vida alcanza un punto sin retorno, y en el que no es posible ni el avance ni el retroceso, es conveniente cuando menos plantearse si merece la pena quedarse esperando un no sé qué tantos años, que se hacen siglos, en situación de espera permanente.
Muerte ¡Qué misterios y miedos evocan tu nombre¡
La muerte nos acompaña desde el mismo instante de la concepción. El óvulo y el espermatozoide se confunden y funden en un todo de instrucciones de vida y destrucción. Desde el instante primero el nuevo ser comienza a florecer en razón de un entramado bioquímico en el que la principal instrucción es curiosamente la de la disolución.
Quisiera rellenar de esperanzas mi corazón; colmar de sentido mi pereza; aguardar un nuevo mañana y sonreír porque sí. Pero detecto la bruma que todo lo oculta dos pasos más allá del sueño y me sobrecoge la horrible visión, dejándome definitivamente sin fuerzas.
He visto cadáveres mutilados de perros esparcidos por las carreteras. Los coches trituran sus huesos hasta fundirlos sobre el asfalto. Yo soy como un perro al que fuesen machacando el cerebro hasta fundirlo en la nada, tras sufrir el embate del absurdo y la prueba del dolor.
Los perros, ya lo dejé apuntado, no van al Cielo. Pero, si seres tan abnegados y nobles no ascienden a las alturas, ¿cómo yo, que soy peor que un perro, sueño siquiera con gozar de mejor fortuna que ellos? Algo falla sin duda en este armazón de barro del que me han fabricado.
He recaído. Durante los últimos meses me había hecho ilusiones y pensaba que mi vida tenía todavía un valor; que se puede dar y recibir aún a pesar de no disponer de todas las capacidades físicas.
Casi me habían convencido de que el hombre es más lo que piensa que lo que hace. Pero no es verdad. Mi pensamiento de solidaridad y de pretendido amor hacia el género humano, no alcanzará siquiera a los jardineros del centro.
Una persona debe al menos tener la posibilidad de ser escuchada respecto a su propio futuro. No entiendo por qué han de decidir otros lo que a mí me convenga. Yo entiendo que, llegado a un punto donde no resulta posible ya sino esperar pacientemente que la muerte se apiade de uno, lo mejor es apagarse. Nada puedo aportar sino alimentar un cuerpo muerto, pegado a una cabeza que sufre por su cuenta.
Voy a morir; es algo inevitable. No alarguemos más algo que no tiene más solución que el paso del tiempo. Una inyección; luego un sueño suave. Los pulmones dejan poco a poco de funcionar. Todos los músculos se distienden. Sé que va a ser algo parecido a cuando quedo medio traspuesto, y en duermevela me veo flotar en la habitación, contemplando mi cuerpo, ya sin miedo, y pensando que la muerte no tiene por qué ser tan fea y definitiva como se cree.
No voy a ser el único. Por delante de mí lo han hecho miles de millones de seres y criaturas, de todo tipo y condición. La sensación de ahogo se diluye con la relajación, la angustia por la última bocanada de aire simplemente no me afecta. Pasaré de uno a otro plano y de uno a otro estado sin dolor ni sufrimiento.
La muerte no puede ser tan horrible. Un suspiro no es frontera. ¿No hay personas que aguantan sin respirar más de un minuto y no les ocurre nada? ¿No se para en ocasiones el corazón unos segundos durante el sueño y la vida sigue? Cuando uno deja definitivamente de respirar o el corazón deja de latir para siempre, se entra en un estado en el que el cerebro comienza a soñar con toda intensidad. Los recuerdos y las emociones se agolpan. El "puzzle" de la vida encaja y se encuentra sentido a lo que antes carecía siquiera de orden y concierto.
No sé qué ocurrirá después. Si el substrato sobre el que se asienta la memoria se desmorona; si el polvo vuelve al polvo y falla la materia sobre la que se asientan los pensamientos, tal vez no haya continuidad en el nuevo estado. Es algo sin duda apasionante, para los que estudian y disponen de tiempo para esas cosas.
El cuerpo se reintegra a la Tierra de la que procede. El carbono esencial y el polvo de estrellas de que todos los seres y criaturas estamos hechos siguen su viaje galáctico y sólo queda uno en la memoria de los que alguna vez nos quisieron.
Me gustaría pensar que Dios me espera al otro lado; que el pensamiento y el sueño se transforman en reales y vuelvo a sentir, aunque sea de otra manera, sensaciones de paz y bienestar.
Pero una vida es demasiado poco para alcanzar a reflexionar mínimamente el porqué de tantas incógnitas.
Pienso, sin embargo, que la solución pudiera ser tan extremadamente simple y tan cercana, que la muerte en una última pirueta tragicómica nos dijera "veis qué fácil era todo".
!Era tan sencillo¡ ¿La vida es sólo eso? Lo he tenido todo el tiempo junto a mí y no he sido capaz de entreverlo siquiera.
Pero, ¿y si no fuese así? Si tras la muerte todo desapareciera, ¿qué queda de toda una vida de sufrimiento?
No puede ser que todo se desvanezca. Si algo ha aprendido el hombre en su deambular por este mundo, es que nada ocurre porque sí; que todo tiene una razón; que tras toda causa hay un efecto. Las cosas no desaparecen, se transforman. El inmenso entramado en el que se sustenta todo el universo, pueda que sea tan sencillo como las partículas elementales de que todo lo creado esta hecho. Mi pensamiento no puede tener el mismo soporte que el sentimiento. Es probable que se pueda medir y detectar un cambio químico cuando el hombre ama o siente, pero eso sólo viene a ser lo mismo que cuando está triste su rostro lo está también, o cuando se encuentra feliz se le refleja en la sonrisa.
La química es solamente un soporte, para el mundo de los sentidos. El mundo de los sueños adelanta un poco lo que puede ser el mundo de los muertos. Cierto que a veces la basura onírica y el desgaste diario hacen que los sueños se confundan con otros mensajes o realidades que nos anticipan la muerte que se vive desde el mismo instante de la concepción. Sin embargo, hay cosas que no es fácil explicar ni comprender, y ni la física ni la química son capaces de aportar una solución convincente.
La prepotencia con la que la ciencia indiferencia o burla a los soñadores olvida que si se halla justamente en el estadio en que se encuentra es porque alguien previamente soñó su existencia. Todo lo que el hombre, con sus miedos y gritos a las estrellas ha ido acumulando a lo largo de siglos, nos contempla ahora con sorna.
Yo estudié una carrera en la que aprendí a razonar y a utilizar el intelecto para el desarrollo de mi profesión. Fui a la universidad para tener un buen empleo en el futuro; no para saber estar en el mundo o enfrentarme a la gran incógnita que es el vivir día a día.
Sé calcular, medir, pesar y pensar. Pero se me ha olvidado rezar y soñar. Las circunstancias me obligan ahora a realizar un esfuerzo que debiera haber ido alimentando durante años. Quiero no tener miedo y saber porqué. Quiero sentirme célula cósmica y dejarme llevar por un rayo de luna. Quiero saber que ese sufrimiento lejano o esa alegría próxima forman también parte de mí; que nada de lo creado, percibido, intuido, soñado... me resulta ajeno, porque Dios o el pensamiento universal precisan también de mi minúscula existencia.
Si nada voy a sentir tras mi muerte; si nada de mí va a tener continuidad, ¿para qué seguir?
Pero si existe algo; si detrás del muro de siglos de dejar la cortina cerrada existe la luz que entra del Cielo de la caverna, ¿porqué no entrar cuanto antes? Dar carpetazo a esta experiencia tan poco gratificante y gozar de la luz que da sentido a las cosas.
Los amigos, conocidos y parientes que me precedieron, ya se encuentran donde se va tras el fin de la existencia. Ellos han superado el trance. La muerte siempre vence. No seré una excepción. Percibo dos problemas. Uno el miedo físico que produce; otro, si estaré o no preparado para desarrollar con dignidad el papel que me corresponda ocupar al otro lado.
Aunque tal vez en el otro lado los roles no sean iguales a los de este. Se juzga todo de una manera excesivamente simplista; humanizando y sintiendo que lo que el otro percibe es igual a lo que yo percibo.
Los seres humanos nos hemos dado unas reglas básicas de comunicación para entendernos. Alguien describe un objeto y lo puede hacer con una precisión tal que aun estando con los ojos cerrados, uno sea capaz de hacerse una idea exacta de lo que el otro nos dice. Sin embargo, yo entiendo una cosa y el de al lado, aun entendiendo lo mismo, puede adornar su pensamiento de cosas que de trasplantarse al mío, yo sería incapaz de comprender.
Hay tantas realidades como personas, y hay tantas ideas de lo que pueda ser la otra vida como pensamientos. Porque uno va cambiando conforme la vida le va curtiendo. El tiempo es un invento moderno; pero la verdad es que uno envejece y muere y la vida sigue.
¿No será más cierto que todo lo que es lo que vaya a ser, ya está en cada uno de nosotros?
La educación, las circunstancias personales influyen en la forma de ser y sentir de cada uno de nosotros. Hay gente que es químicamente y en casi un cien por cien mala persona. De la misma manera hay seres que prácticamente actúan como ángeles en esta vida. Sin embargo, de vivir cada uno de nosotros mil años, de enfrentarse a solas con el conocimiento que nos han ido aportando los anteriores a nosotros, seguro que descubriríamos los iguales que somos unos a otros.
¿La persona mala nace o se hace? Tal vez las dos cosas a un tiempo y tal vez formen parte del juego que de manera no consciente el género humano interpreta en su caminar hacia las estrellas.
Si uno eligiera cómo ser cuando viene a este mundo, de seguro que muy pocos o prácticamente ninguno elegiría el papel de malo. Todos querríamos ser el niño bueno, rodeado de todo cuanto puede hacer más feliz la vida. La familia es simplemente cuestión de azar. Uno no elige la familia, si lo hiciera de seguro elegiría también a los padres más buenos, ricos, sanos, guapos y sabios.
Lo cierto es que no recuerdo que nadie me dijese qué papel quería interpretar en esta comedia. Nadie me preguntó si deseaba quedarme tetrapléjico en mitad de la vida. Nadie me dijo si quería en un momento determinado de la existencia ahogarme en pensamientos y hallar respuestas a preguntas que probablemente jamás me hubiera planteado, de irme las cosas de otra manera.
Me encuentro muy confuso. No sé si será mejor irse de aquí sin comerse el tarro, como me lo estoy comiendo, o dejarse morir como el pajarillo al que el invierno crudo sorprende fuera del nido.
La verdad es que el día a día me resulta agotador. He de confesar que mi cuerpo se trasforma por una presencia femenina; que apago el deseo y trato de asesinarlo apenas nace, pese a todas las disquisiciones con las que estoy aburriendo a quienes escuchen estas cintas que luego se transcribirán.
No me sirve este cuerpo que anhela estrecharse y formar uno con la enfermera de noche; cuerpo que ante el cálido aroma femenino, me hace retornar al origen. ¿Es más cuerpo y menos pensamiento? ¿Dónde está la eternidad en alguien que anhela fundirse y tocar y besar un cuerpo ajeno?
Mato el deseo, !pero cuánto me cuesta¡ Se interrumpen mis reflexiones. Mi respiración se altera. Me digo que es absurdo; me río de mí mismo. Levanta mis sábanas. Soy menos que un niño desvalido. La deseo intensamente. Ella sonríe:
-- ¿Va todo bien? -- me dice.
-- Sí; todo bien -- asiente, y me sonrojo y aun quisiera incorporarme y darle un beso.
-- Pues ojo, a pasar buena noche. – se despide sonriendo pícaramente.
Y ella se aleja y quedo de nuevo a solas con mis pensamientos. No hay muerte, ni más allá, sino ella y esas caderas de terciopelo que imagino plena de caricias. Todo el calor de la sangre cálida que se impregna en mis células deseosas de sus pechos.
Observo a mi compañero de habitación. A él también le brilla la mirada. El habla y habla. Parece haber aceptado mejor que yo su situación. Dice que nació en Las Palmas de Gran Canaria hace siete meses:
-- Soy sietemesino -- ríe. Perdió a su novia y a un hermano. Los tiene siempre en el recuerdo. Pero pese a todo, cuando llega la enfermera le brillan los ojos y por unos instantes siento celos.