Capítulo 6
Apenas si me quedan ganas de hablar de la familia y de los amigos, y debiera hacerlo. Todos tratan de hacerme la vida más soportable. Percibo su apoyo. No soy un mal nacido. Agradezco lo que se me da, máxime cuando no es posible que yo dé nada a cambio. No obstante, cuánto agradecería que no me atosigaran más; que el cariño a veces pesa más que la losa que definitivamente nos ha de cubrir.
Todos me temen, y jamás he sido menos peligroso en toda mi vida. Es cierto que he mencionado la palabra eutanasia; que creo que los seres humanos hemos alcanzado, a lo largo de los siglos, una serie de conveniencias sociales, que nos permiten hablar sin temores de derechos y obligaciones, de lo que creamos razonable hablar.
Entre los esquimales, cuando uno llega a viejo y representa un peligro para la supervivencia del grupo, se le abandona en mitad del páramo glaciar para que el oso de cuenta de él en un abrir y cerrar de ojos. Es un proceso ecológico, que entre otros agradece el oso.
Recuerdo también haber leído una narración, supongo que veraz, en la que una familia rusa atravesaba Siberia arrastrada por un trineo en mitad de la noche. De repente una jauría de lobos hambrientos se fue a ellos. El peligro era inminente. De no adoptar alguna solución perecerían todos. La madre, tomando al más pequeño de los hijos, y sin siquiera tiempo para darle un beso, lo lanzó hacía los lobos, que lo devoraron en un instante, dejando en paz al resto. Pereció uno; el resto se salvó.
A mí me gusta este mundo de lobos. Creo que la gente del Centro ha conseguido hacerme entrever la posibilidad de que existe un mañana incluso para personas con una discapacidad tan severa como la mía. Pero eso es morfina del alma. Te alivia mientras dura el efecto; después los dolores se vuelven más intensos.
No quiero darle más vueltas de momento. He de poner en orden mis pensamientos. Han transcurrido seis meses y he pensado mucho. Sin embargo, todavía no he concluido el porqué de mi vida; qué sentido tiene mi existencia y para qué sirve o ha servido.
Intuyo que he sido una rueda más del inmenso engranaje que mueve al mundo de las personas. Tal vez una mota de polvo en la polvareda. Pero no acaba de gustarme lo que descubro. Nada mío va a permanecer cuando me vaya. Me iré con las manos tan vacías como las traje a este mundo, ¿o no? Tal vez mi vida no haya sido tan inocua como pretendo creer. Quizás haya contribuido a extender la mancha de insolidaridad que emborrona al mundo, con lo cual si cabe mi vida ha resultado perversa.
Busco en mi memoria recovecos de la infancia, de la juventud; cuando aún creía en las cosas buenas y me animaban ideales de un mundo mejor. Pero resulta que he querido, porque quería ser querido, nunca de manera desprendida. Al que no me ha querido, no le he querido. He dado cuando se me ha dado; nunca de manera desprendida.
He tenido al sediento, al hambriento junto a mí; y a veces le he dado migajas, más por quitármelo de encima que por verdadera compasión.
Mientras he sido fuerte, y capaz de contemplar erguido el entorno, no he atesorado para el invierno, que me ha sorprendido desguarnecido, sin reservas ni conocimientos para los momentos de apuro.
Creo que aquí se viene para saber; para beber de la sabiduría de los que nos antecedieron y transmitírsela a los que nos sigan. Hay quienes viven en retiro espiritual durante toda su vida, porque saben de lo efímero de la existencia. Hay quienes aprovechan todo el tiempo y aún les parece poco, para agrandar su conocimiento y beber de las raíces eternas, de esa luz que se dice todos llevamos dentro y resulta tan esquiva para quien no se transforma en un Dios interior.
Mis padres, a su manera, me aportaron una gran lección de sabiduría. Hay que tratar de ser feliz con lo que se tenga. No es más feliz quien más tiene sino quien menos desea.
No supe aprovecharme plenamente de esa experiencia. Para mí la empresa y el reconocimiento social constituían dos ejes centrales de importancia trascendental. No era tanto poseer como ser. Alcanzar la jefatura; luego la dirección. En definitiva el poder.
Qué equivocado estaba. No es que yo en particular resultara especialmente dañino en el empeño por alcanzar dichas metas. Pero contribuí con mi silencio al sufrimiento de quienes quedaron en el camino por los que no reparaban en nada, con tal de alcanzar los objetivos propuestos.
No he sido buen hijo ni siquiera amigo de mis amigos. Para serlo hay que ser capaz de ofrecerse sin esperar nada a cambio. Yo siempre he esperado algo de los demás, aunque sólo fuese un poco de atención.
Tal vez resulte muy primario; pero no concibo mayor gozo y satisfacción que el hecho de que la gente se interese por uno. No la preocupación que facilita el descanso por el amor al prójimo, sino por ser querido y apreciado por uno mismo.
La gente en los hospitales tiende a ser amable, comprensiva. Inconscientemente se ponen en el lugar de uno. Pero cada cual tiene su estrella; su rumbo, y no hay piedad o temor que los puedan cambiar.
Lo que me pregunto continuamente en por qué yo. ¿Qué he hecho que no hayan hecho otros para merecer esto?
Cuando a uno le toca vivir piensa que su tiempo es el más interesante, porque sabe de las calamidades pasadas y del gozo que supone el conocimiento de cuanto el hombre ha descubierto. Pero probablemente, desde el inicio de los tiempos, no haya mayor gozo que descubrirse uno por dentro.
Se ha investigado lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Se ha avanzado en el mundo interior, en la psiquis del hombre. Pero hay un algo que se nos escapa, quizás porque hablar de lo espiritual en un mundo tan tecnificado, suene a algo que no es posible reproducir en un laboratorio cuantas veces sea preciso.
No sé qué me ocurre. Paso de la depresión más negra y honda a un moderado optimismo.
Me veo haciendo cosas que antes no había realizado. Desde mi silla y con tantas limitaciones como sea posible imaginar, comparto juegos con otros internos.
Hay pequeñas tragedias humanas que abarcan un océano. Hay quien ha perdido a toda la familia en el accidente en el que él o ella quedó para su desgracia con vida. Hay quien ha dejado a esposa e hijos y un futuro cercano a la miseria para los que aguardan en casa.
A veces me siento un hombre con suerte. Yo sólo he dejado una novia que pronto hallará consuelo y unos padres dolientes, afortunadamente sanos.
El trabajo abarca quizás lo más importante de mi vida. Pero pienso que mi drama no sobrevivirá en el pensamiento de mis compañeros durante demasiado tiempo. Entre otras razones porque allí justamente falta eso: tiempo. No hay espacio para el sentimentalismo o la distracción.
¿Qué representa uno en este mundo frente a los demás? Uno necesita de los demás para la subsistencia tanto física como espiritual. Pero en el aspecto individual, los demás son tanto competidores como dadores de lo que tanto se precisa: amor y calidez.
Probablemente hasta los seres más sanguinarios buscan en el fondo de sus negros corazones una respuesta al espanto de vivir. Porque vivir, si se analiza con detenimiento, si se analiza con la espada en el pecho con la que yo me encuentro, no es nada más que sobrevivir. Se subsiste, sin alcanzar la plenitud y grandeza que debiera ser la vida.
La mayor parte de nuestras actividades se centran en aspectos físicos, sociales, de relación con los demás. Hay muy poco tiempo para quererse a sí mismo. No sé explicarme bien, pero no es posible querer totalmente a otro si antes no has alcanzado un pacto interno de cariño contigo mismo.
¿Acabará la muerte con esta pesadilla o será tan sólo un continuar de manera diferente? Admito que antes me resultaba difícil de admitir un continuar de la vida después de la muerte; pero no puede ser casual que desde el principio de los tiempos ese pensamiento de continuidad permanezca de una u otra forma en todas las criaturas, sin que no exista algo de cierto en ello.
Tal vez no sea un continuar tal como pintan las religiones o los sensitivos. Puede que sea que se pase a formar parte de algo colectivo, y lo individual, aún manteniéndose, se vaya progresivamente diluyendo en un todo. No lo sé. A veces me llegan como cuadros de fotografía que duran apenas nada, pero sigo sin hallar esa respuesta tranquilizadora que me mantenga a la espera del último instante sin mayores sobresaltos.
Imagino lo que debe sentir el preso. Vuela su imaginación y se ve libre de los barrotes. Tiene la posibilidad de soñar. De hecho no es probable que piense en la muerte como salida a su situación. Tal vez acumule años y años en su pensamiento, y congele el tiempo para, llegado el día, saciar sus ansias de recorrer los caminos que por un tiempo le han sido vedados.
Pero ¿y un parapléjico? ¿Cómo puede soñar con acumular días o años si no hay escapatoria posible?
Me llegan imágenes de la infancia; esas imágenes felices porque el pensamiento sólo mantiene los brillos del pasado, y contemplo a aquel niño sonriente que jugaba al escondite con los primos entre los árboles del parque. Yo quería mucho a mis primos. De hecho en mi corazón guardo el recuerdo de su cariño como un gran tesoro. A alguno, no he vuelto a verles desde hace más de veinticinco años. El paso de los años hace daño a la inocencia. Tal vez su amistad y cariño se vea hoy condicionado tanto por mí como por lo que la vida les haya deparado.
No quiero ser una carga para nadie. A mis primos les ha afectado la noticia de mi accidente. Pero ni uno solo de ellos ha venido a verme. Por un lado deseo su apoyo; por otro quiero conservar lo mejor del recuerdo y no perturbar las vivencias del pasado.
No me fue posible asistir al entierro de mi tío Raúl, que falleció por estas mismas fechas hará cosa de un año. La muerte congrega más que la enfermedad y yo me mantuve ausente de aquella ceremonia familiar, en la que el que se va precisa de tanto consuelo como el que se queda.
Lo que ocurre es que la familia ya no es lo que era. Se halla en crisis, como todo en este tormentoso final de siglo.
¿Cómo es posible que permanezcamos pasivos ante la tragedia que asola la antigua Yugoslavia? Se está matando y asesinando la esperanza de generaciones venideras. Parientes, vecinos, amantes, amigos... dejan de serlo y pasan a ser bosnios, serbios o croatas. No existe más familia que la del propio egoísmo, que se trastoca en colectivo. Pero el nacionalista que busca la pureza étnica, será el vecino que quiere el pueblo limpio de forasteros de mañana o el barrio de clase elitista de pasado.
No están matando a todos. Yugoslavia es nuestra familia, y la ignoramos totalmente. Seguro que el pariente olvidado y despreciado nos despreciará a todos nosotros cuando necesitemos de su auxilio algún día.
Lo peor de todo es el dolor de los niños. ¿Cómo se puede ignorar el dolor que imploran cuando la muerte les cerca? Esos niños, si sobreviven, serán bombas humanas el día de mañana. Nos harán pagar caro nuestro abandono.
Los jóvenes han olvidado toda esperanza y sólo sobreviven. Dejaron atrás estudios, novias e ilusiones. Serán guerrilleros de cualquier futuro organigrama terrorista. !Qué ciegos están¡
Europa vive tan obsesionada con los "mass media" que cualquier imagen sustituye al razonamiento equilibrado. Ese miedo a la invencibilidad de los serbios; ese terror a los féretros, que de todas maneras se están acumulando, ha aletargado las conciencias de nuestros gobernantes y, por qué no admitirlo, de todos nosotros.
Son pobres, musulmanes y además están relativamente lejos. Que se maten entre ellos. Es la indiferencia del hermano opulento, que ha llegado a la cima y observa indiferente al hermano pobre y molesto que pide ayuda.
-- A mí me ha costado mucho. Búscate la vida como puedas -- le dice.
No tener hermanos me ha hecho desearlos fervientemente. Me hubiese gustado compartir sueños, alegrías, reflexiones. Pero no existe la hermandad. Hay quien da su vida por los demás; quien ofrece todas sus energías por el bien común. Esos son hermanos de esta Humanidad, que les contempla como algo fastidioso por el incómodo papel que hace la mirada limpia en las conciencias oscuras.
Estamos enfermos de insolidaridad. Aparentemente hay muchas personas solidarias. Las cifras ofrecen en ocasiones una estampa que tranquiliza el sosiego de los que circulamos a velocidad de vértigo por la jungla de la vida. No es verdad sin embargo. De cada veinte sólo uno es capaz de tender su mano a quien se la reclama.
Hay personas que viven mentalmente en
Me gustaría pensar que formo parte de una gran familia; que nada me ha de faltar porque otros pondrán la fuerza donde yo ponga la mano. Que no preciso más apéndices que los que mi imaginación se esfuerce en recrear, porque la familia humana cuidará y suplirá las carencias que el destino se ha empeñado en llevarse.
No; quien no siembra no puede recoger. Cuando pude, miré a otro lado. Mi vitalidad la reservaba para mí. Los demás eran algo molesto e incluso la competencia que se interponía ante la meta. Soy el menos indicado para reclamar que el mundo sea mejor; que todos seamos como las familias de antes, donde convivían en armonía y respeto jóvenes y viejos, inválidos y fuertes.
Nada más alejado del modelo de sociedad actual, donde sólo el triunfador tiene un lugar de honor en el salón de la casa; donde el título sustituye a la persona y el triunfo y el más difícil todavía, andan reñidos con las noticias y acciones de entrega, que en el mejor de los casos se admite como algo peculiar o una forma de distracción de quien no tiene mejor cosa que hacer.

