lunes, 11 de agosto de 2008

Un angel me acompaña 3

Capítulo 3
Tres semanas después del accidente me trasladaban al Centro de Parapléjicos de Toledo. Allí iba a comenzar mi reeducación para la vida desde una silla de ruedas. Conservaba un quince por ciento de movilidad en la mano derecha, algo de sensibilidad en la izquierda y ninguna movilidad o sensibilidad en las piernas.
Lo primero que hicieron fue presentarme a quienes serían mis cuidadores: fisioterapeutas, enfermeras, médicos, asistentes; después me mostraron las instalaciones del centro. Quizás fue aquel momento el único en el que experimenté un conato de resignación, al saber que no estaba solo. Era una sensación cercana al brutalismo, al comprobar que no solamente era yo el que se encontraba cautivo del cuerpo, sino que había otras muchas personas en mi misma situación, algunos incluso muy jóvenes.
Duró poco la resignación. Supe que jamás volvería a ser el de antes; que nunca más me enfrentaría a los ojos de una mujer enamorada. Por mí sólo se podía sentir compasión desde aquel momento; no respeto.
Me dejé llevar de recuerdos; de ensoñaciones. No quería pensar en el futuro. Sólo el pasado guardaba brillos gratos para mí.
Me vino al pensamiento la tarde de toros en que conocí a Pilar. En mi mente el recuerdo se tornaba algo mágico y hasta sobrenatural. Escalofríos me recorrían por entero. Una sensación dulce y aletargadora en la que hubiera querido permanecer para siempre. Ella se encontraba dos filas de asientos más allá del mío. Sus ojos se cruzaron distraídamente con mis ojos; y allí quedaron prácticamente toda la tarde. Apenas si prestamos atención a lo que sucedía en la arena. Ni a los gritos, ni a los olé, ni a nada que no fuese intercambiarnos sonrisas y gestos graciosos.
Fue de lo más natural tomar sus manos. Una calidez y un embotamiento de los sentidos. Las palabras tardaron en salir de nuestros labios. Lo hicieron con el cosquilleo que produce el vino dulce.
-- Hola – acerté a expresar en un esfuerzo ímprobo.
-- Hola -- me respondió ella.
-- Tienes unos ojos muy bonitos -- le comenté paladeándola con la mirada.
-- Tu también. – correspondió al halago.
-- Nunca me había pasado antes esto -- le referí sincero.
-- A mí tampoco.
-- El mirarte ha sido precioso. Me gustas. – añadí sonriendo
-- Tú también a mí -- y me tiró suavemente de las manos.
Pilar fue novia de un verano. A veces pienso que en realidad aquello nunca sucedió realmente. Lo cierto es que después de aquel verano no la volví a ver más. Han transcurrido veinte años y la recuerdo tan real como si hubiese sido ayer.
Éramos prácticamente unos niños. Yo tenía diecisiete años; ella dieciséis. Había nacido en Cuba. Sus padres eran españoles. Se habían visto forzados a abandonar la isla, por causa de la política. Su padre era un destacado dirigente político cubano, que discrepaba abiertamente de Castro.
Debo reconocer que aquello para mí era difícil de entender y no poco misterioso. Sólo los años y el sedimento de su presencia me hicieron volver a sus palabras una y otra vez, hasta darles forma y sentido.
Habían recalado en Villanueva de los Infantes, por ser sus abuelos paternos naturales de allí. Al final del verano tenían previsto tomar un avión en Madrid--Barajas con destino a Miami, donde les habían garantizado estancia y trabajo, a la espera de regresar a Cuba tan pronto fuese derrocado Castro.
Su voz era suave. Fue mi primer amor. Jamás la olvidaré.
La tarde en que nos conocimos paseamos por los alrededores de la ermita, hasta el anochecer. Ella me contaba cosas de Cuba. Se emocionaba recordando las playas, sus amigos, el olor del Caribe.
Para mí, que ni siquiera conocía el mar, sus vivencias me resultaban exóticas, como de otro mundo.
Ella reía y su voz era cantarina. Parecía que nos conociésemos de siempre. Yo le hablé de mis estudios, de mis amigos, de cómo me gustaría recorrer el mundo y conocer Cuba.
Hablamos y hablamos y nos dejamos llevar por un tiempo que se nos hizo terriblemente corto.
-- Conocerás a muchas chicas, ¿verdad? -- me dijo, con un punto de ansiedad.
-- No a muchas. Pero contigo me encuentro muy bien -- le respondí con una sonrisa.
Cuando finalizó el verano me dijo que se iba; que ya no nos podríamos ver más. Lloramos los dos. Nunca había llorado en presencia de nadie. Pero mis lágrimas en aquella ocasión se dejaron llevar y se me fueron ojos abajo sin control:
-- Te escribiré todos los días -- me prometió.
-- Y yo a ti -- le reafirmé con el último beso.
Pero no lo hicimos ni ella ni yo. Entre otras razones por algo tan elemental como por no saber su dirección. La verdad es que tampoco tuve valor para pedírsela a sus abuelos. Un día, al cabo de unos cuantos años, me atreví a preguntarles por ella. Pude escuchar su voz grabada en una cinta y los compases de un piano. Eso fue todo.
Su amor fue creciendo en mí con los años. Le escribía cartas, que por fuerza jamás llegaban a salir de mi cuaderno. Le contaba todo cuanto me sucedía; cuánto la echaba de menos y cómo me gustaría besarla.
El servicio militar y el conocer a María fueron poco a poco diluyendo su recuerdo.
El primer amor es difícil de olvidar. De hecho, yo no la he podido olvidar del todo. La verdad es que no sé cómo reaccionaría de encontrármela frente a frente.
A pesar de todo, me duele mi propia sensiblería. No quisiera verla ahora. La añoro, porque añoro lo bueno y lo bello de la juventud. Los recuerdos de amistad, el tiempo de estudio y los pensamientos que le dedicaba. Postrado y sin capacidad de movimiento, lo mejor que podría ocurrirme es que muriese. Verla ahora sería un dolor, que no podría soportar.
Nunca oculté a María lo ocurrido con Pilar, ni lo que sentí por ella. María pensaba que aquello era una chiquillada, que no se puede amar un recuerdo. Yo he querido mucho y aún quiero a María; pero el recuerdo de Pilar es algo vivo que ha ido tomando forma y cuerpo tanto en mi mente como en mi corazón.
En esta nueva situación el amor es una debilidad. He de concentrar todos mis esfuerzos en arrastrar esta vida que me ha sido amputada. No quiero amar, ni recordar. Me duele mucho todo.
María dice que me quiere; que no le importa cómo me encuentre; que cuidará siempre de mí. Pero es un sentimiento maternal, que a mí incluso me gustaría agradecer. No puedo. La impotencia me ha vuelvo egoísta. Si pudiese estallar yo mismo accionaría la bomba interior.
No imagino un futuro, porque no tengo futuro. El amor no tiene cabida en un cuerpo inerte. Sólo soy una cabeza pegada a un cuerpo muerto.
Para el amor hay que disponer de los cinco sentidos. El cuerpo se regodea en el sufrimiento. La falta de movilidad no ha reducido mi capacidad de sentir, de experimentar incluso un incremento en los deseos. Cuando veo a María he de hacer esfuerzos para no desearla intensamente. Sus labios, sus pechos, sus piernas. Toda ella es fruta que me gustaría morder para calmar esta sed, que por fuerza me veo obligado a contener.
Vienen, pero los dejo. Desprecio el deseo y las ganas de fundirme en su cuerpo; porque el mío ya no es nada. Ella pone sus manos sobre las mías, y apenas si constato un lejano hormigueo. Si tuviese fuerzas se las retiraría. He de contenerme para no gritarle, para decirle que sus caricias me hacen daño.
Y en sueños es incluso peor. Porque lo de dentro aún no sabe que lo de fuera es inservible. Hay noches en las que el necesario desahogo fisiológico hace que me vaya, como si fuese un maldito perturbado. Y me avergüenzo, no porque la enfermera me haya luego de limpiar, sino porque no quiero sentir.
No quiero hacer nada; dejarme estar simplemente. Los ejercicios de recuperación que me proponen son sencillamente ridículos. ¿Qué recuperación puedo tener si sólo soy capaz de mover un poco la mano derecha? Me duele mucho todo; yo sólo quiero dormir y no despertar.
-- Vamos, Juan, tienes que hacer un esfuerzo -- me ordena el fisioterapeuta con una amabilidad que me crispa.
-- !No puedo. Déjame en paz¡ -- me niego con toda la furia de que soy capaz.
Y el maldito no se da por aludido. Me sujeta por las axilas. Me sitúa ante unas paralelas.
-- Lo vamos a conseguir – intenta estimularme.
-- !Yo no voy a conseguir nada. Esto que arrastro es un trozo de carne muerta¡ -- le grito.
-- Juan, eso que tienes es el cuerpo que engendró tu madre. Y aunque sólo sea por eso, le vas a tener el respeto que merece -- me advierte con energía.
-- No puedo, de verdad. !No siento las piernas¡ -- le replico, suplicando me deje en paz.
-- Tú mírame a los ojos; concéntrate y haz toda la fuerza de que seas capaz con el pensamiento. El resto lo haré yo -- me convence y me lleva.
Y consigo sujetar una de las paralelas con la mano derecha. La mano izquierda no la siento. El fisioterapeuta la ha situado en la otra barra, pero no puedo controlarla.
El amor es una trampa. Probablemente este hombre hace lo que hace tanto porque es su oficio como por mitigar el dolor de sus semejantes. Pero yo lo único que siento es que esa compasión, ese amor hacía los enfermos que él siente, me aleja de lo que debiera ser mi destino: morir.
Nadie puede imaginar lo que es sufrir una crisis de angustia para un tetrapléjico. Es la más horrible de las experiencias que pueda sentir criatura alguna. Es morir, sin morir. Una agonía en la que cada inspiración, cada latido se transmite del corazón a las sienes. Es sudar por dentro, quemarte, ahogarte, todo junto. Cuando ocurre, concentro todas mis fuerzas por incorporarme, por dar un salto y lanzarme al vacío desde la ventana. No puedo y tiemblo como si me fuese a dar un ataque.
-- !Ayúdame, por favor¡ -- imploro, rogando al Cielo y a todos los que puedan hacer lo más mínimo por ayudarme.
Y me inyectan un tranquilizante. Poco a poco me voy relajando. Una neblina se interpone ante mí. Por unos instantes me siento bien. Luego nada. Soñar y en el sueño vuelo y vuelo, libre como un pájaro.
Luego sueño que llego tarde al trabajo; que el jefe se irrita conmigo y yo me pongo nerviosísimo. También sueño que paseo con el Rey, y que me revuelco en barro. Después me veo en el entierro de un amigo. Su madre llora y me pregunta si he visto su bolso. Mis padres me contemplan sin decir nada. Les tiendo mis manos, que se hacen largas y largas sin llegar nunca a ellos. Comienza a llover; se forman charcos. Los piso. Río a carcajadas. Me despierto riendo.
!Dios¡, ¿por qué me río?
La mente funciona con independencia del cuerpo. Eso lo sabe mejor que nadie quien no puede moverse. En sueños o en duermevela, eres tan libre como cualquier otra persona. Incluso cuando estás ensimismado en un pensamiento, te olvidas de que te encuentras prisionero. Pero eso apenas dura un momento. Minuto a minuto, despierto o dormido, todo la hiel que se te diluye en las tripas te recuerda que ya no eres nada, sólo un juguete roto en manos de gente "que jura que te quiere".
Le he repetido a María que es libre; que no venga más a verme. Me hacen más mal que bien sus visitas.
-- Por favor, no vengas más María -- le imploro sin atreverme a mirarle a la cara.
Ella insiste en que ahora más que nunca está dispuesta a casarse conmigo y a cuidar de mí el resto de sus días.
Si no fuera porque he perdido el sentido del humor, su propuesta me haría gracia. Hay un algo que se acentúa en las personas tetrapléjicas. Una especie de sexto o séptimo sentido, que te hace distinguir perfectamente entre cariño, amor y compasión.
Admito que ella esté enamorada. Pero lo está de un Juan que murió hace cuarenta días. Me gustaría complacerla. Darle la oportunidad de ser feliz con Juan; pero ese Juan de María es para mí un perfecto desconocido.
-- Juan, yo te quiero. No es compasión lo que siento -- me susurra con arrumacos y caricias.
-- María, no digas tonterías, por favor. Cada vez que te veo, me recuerdas algo que por fuerza tengo que empezar a olvidar. De lo contrario voy a volverme loco. – le aseguro con rabia.