Capítulo 4
No recuerdo desde cuándo no rezaba. Creo que la última vez que lo hice tenía doce o trece años. El padrenuestro me era familiar, pero me costaba hilvanarlo de corrido de manera satisfactoria. Lo intenté repetidas veces. Imploré al niño Jesús.
-- Niño Jesús, recurro a ti por mediación de tu santísima madre, la Virgen María, para que me concedas la gracia de volver a andar. No te pido que sea como antes, pero por favor que pueda valerme por mí mismo. Sé que en tu infinita bondad escucharás mi plegaria. Me arrepiento de todos mis pecados y prometo que de ahora en adelante no volveré a quejarme de mi suerte, ni de lo que la vida me depare. Por favor, !ayúdame¡
Me costó admitir que en mi mente racionalista quedase aún un atisbo de fe. En la salud, Dios me resultaba lejano. Pero necesitaba aferrarme a un clavo ardiendo: divino o humano. Recurría a Dios con la imperiosa necesidad del náufrago que se agarra a la tabla de salvación, para no sucumbir en el mar embravecido de la propia angustia.
Reconozco también que en mi oración había algo de oportunismo. A mí me cuesta imaginar a Dios, en un mundo en el que miles de niños son víctimas de la violencia más irracional. Me cuesta ubicar a Dios entre tanto y tanto dolor. Seres que jamás han tenido oportunidad de manifestarse, y que seguro, de poder hacerlo, lo harían si cabe con la violencia del que nada tiene que perder. Seres a los que el destino, Dios o la mala suerte corta las alas de una existencia tan efímera como terrible... Y Dios no aparece por lado alguno.
Para saber de Dios sólo hay que darse una vuelta por los hospitales. Allí se encuentra en cada historia, en cada quejido y en la desesperanzada y titánica lucha del enfermo que sabe que jamás volverá a recuperar el brillo de lo que fue en día. En el rostro de aquellos enfermos que en algunos casos y, con un poco de suerte, serán devueltos a sus casas con la etiqueta de irrecuperables. Ahí se encuentra Dios, y no en los laboratorios o en los misales del templo.
Un enfermo es algo más que una estadística, un número que se suma semana tras semana, a veces en mitad de la sonrisa del presentador del telediario, cuando se habla de las víctimas de la carretera. Ahora comprendo el dolor que encierra cada número, cada cifra de muertos, heridos o mutilados, porque sencillamente detrás se esconde un drama como un mundo.
Jamás he sido maleducado o irrespetuoso con mis semejantes. Ya se encargaron en su día los Dominicos del Virgen de Atocha de hacerme comprender la importancia del ser humano. Pero de ninguna manera puedo respetar o ser amable con los demás, cuando siento tanta rabia y frustración conmigo mismo.
Las amabilidades y atenciones de quienes cuidan de mí son irreprochables. Quizás en un afán perfeccionista, que en ocasiones me provoca incluso daño y pese a vivir en un estado de permanente desesperanza, se me hace criticable la actitud de alguno de los médicos, que parecen ver más en el enfermo, complicados cachivaches, que seres en un permanente estado de autocrítica y revisión interna.
Lo cierto es que en mis primeros meses en El Centro de Tetrapléjicos de Toledo, apenas mantuve contactos con otros enfermos ni participé en reuniones o visitas a ningún otro lugar del centro, al que no me viese obligado a ir por la fuerza. Todo lo rumiaba en soledad. Lo mismo imploraba al Cielo, que me dejaba llevar de la ira y gritaba hasta hacerme daño.
-- ¿Dónde estás, Dios? ¿Has tomado vacaciones? -- decía.
Y es probable que Dios no juegue a los dados, como bien decía el gran Albert Einstein. Es seguro que todo tiene una razón y un porqué. Lo que me resultaba del todo punto imposible entender era por qué precisamente yo, entre tantos y tantos.
Es cierto también que ese malestar que uno pueda rumiar por dentro de verse privado de golpe de las raíces y el hecho de que la vida en Madrid resulta en ocasiones bastante difícil, hacen que la dicha se empañe por los demonios ocultos que nos acompañan a todos desde que salimos disparados del útero materno.
Lo cierto y verdad es que el último pensamiento que tuve en libertad fue el de mi pueblo.
¿Dónde estabas, Dios? Tú que todo lo ves, te complaces en ponerme la miel en los labios, y cuando más confiado estoy, cuando me dejo llevar de un dejarse hacer, me golpeas con toda la saña de que eres capaz.
Si querías demostrarme que vivir es sufrir; que la felicidad es sólo un concepto, sin plasmación práctica posible, no tenías que haberte molestado tanto. Lo sé. Esa aparente indiferencia que ves es pura coraza. Yo sé lo difícil que resulta salir adelante para muchas criaturas. Madrid puede ser un paraíso, pero también es jungla.
Si por el contrario piensas que no te tenía en mí; que me había olvidado de que esta vida es de prestado, creo también que te has equivocado. De hecho toda mi existencia ha sido un continuo sacrificio por hacerme merecedor de lo que tengo. Al principio fue el adaptarse a una ciudad, que carecía de espacios abiertos para la imaginación de un niño nacido en las inmensas llanuras de La Mancha. Después fueron los estudios. Sólo tú puedes saber lo durísimo que puede ser para el hijo de un jornalero llegar a ingeniero.
Me dejé llevar, es cierto, de una cierta relajación. Pero en el fondo esa dejadez era como un respeto por lo establecido, incluido tú. De hecho en una ciudad tan poco caritativa yo siempre me había ufanado en ser de la UNICEF y de Manos Unidas.
No entiendo por qué un precio tan alto por una falta tan leve. Es tan corta la vida, que no entiendo cómo un descuido se ha de pagar por mil veces.
Ya no creo en nada, ni en ti ni en las personas, ni aún en mí mismo. Sólo creo en la ley del más fuerte. Dios no eres tú, sino el médico. La gente actúa de una determinada manera, que pudiera simular un comportamiento solidario o fraterno, tan sólo en prevención de hipotéticas inconveniencias; uno se adapta a los cánones con tal de obtener lo que en todo momento más le satisface. Se es fiel a unos esquemas concretos, porque no hay más narices, no por convicción. Uno se conforma con lo que se le da sin preocuparse de sí es justo, perjudica a terceros o simplemente los ignora. ¿Dónde se encuentra el Dios de las cocinas? ¿Dónde te encuentras tú, que no te veo?
En estos momentos tan sólo manifiesto una gran inquietud por saberme carne de pudridero; saber que en cualquier momento el gusano de la muerte se adueñará de mí, sin tener a nadie que consuele esos instantes que median entre lo reflexivo y la descomposición.
Pero afirmo a la vez y sin recato alguno ¡qué tengo miedo; que deseo y suplico tu ayuda para simplemente caminar con dignidad los últimos días por este mundo de locura¡
Me has vencido Dios, de hecho siempre me tuviste a tu merced. Dame una nueva oportunidad. Te demostraré que soy capaz de mejorar; de entregarme a los demás. No me dejes en esta agonía. Tú sabes que no soy carne de prisión. Soy de esos reclusos que enloquecen y se quitan la vida colgados de una sábana. Bien es verdad que carezco del coraje suficiente y de las fuerzas precisas para hacerme el nudo.
!Ayúdame, el miedo es muy malo¡ Es morirse devorado por uno mismo. No sé si podré soportar los últimos instantes. Voy a tener muy mal morir. Hazme el favor de llevarme en el sueño. Ya he cumplido cuanto tenía que hacer en este mundo. No quiero ser una carga para nadie.
¿Qué va a suceder cuando mis padres mueran, si yo sigo aún con vida? ¿Quién querrá hacerse cargo de un vegetal, que sólo come, caga y siempre está de mal humor?
Quiero hacer un pacto contigo. Si me llevas sin sufrir, si cierro los ojos y los abro en un lugar distinto, te prometo que jamás tendré un descuido, que nunca más me volveré a olvidar de los demás.
Y no sé cómo decirle a María que no venga más. Ella insiste; pero yo no quiero verla más. No la quiero ofender, ni ofenderte, Dios; pero verla con ese color de cara, con ese descuido con el que se mueve y me hace las cosas, me provoca más mal que bien.
Ella dice que nos casemos. Me quiere, y la creo porque yo también la quiero y en eso tiene difícil cabida la mentira. Pero una cosa es el amor y otra muy distinta soportar, de por vida, la carga de otra persona, siendo que uno no es siquiera capaz de sobrellevar la propia.
-- María, por favor, no vengas más a verme. Te das una paliza diaria para venir de Madrid a Toledo, y yo ahora lo que necesito es reordenar mi vida. Hazte a la idea de que he muerto. Te he querido y te seguiré queriendo mientras viva. Pero no soporto la idea de ser un inválido en manos de nadie. No lo soporto – intenté explicarle, con más vergüenza que dolor.
-- Juan, ¿cómo puedes decirme algo así? Yo te quiero mucho. No voy a abandonarte en un momento tan crítico. Para mí no ha cambiado nada con el accidente, al menos en cuanto a nosotros. No debieras hablarme así. Yo también tengo sentimientos -- me dijo, y se le escapó un sollozo.
-- !María, si pudiera me dejaría morir. Nunca aceptaré vivir como un vegetal¡ Lo único que puedes es ser cómplice de mi muerte. Verte me destroza, porque me recuerda todo lo que ha quedado detrás. De haber quedado descerebrado, no estaría peor. Hazme caso, guarda el mejor recuerdo de nuestra relación; pero dala por finalizada, porque para mí ya no existe el mañana -- concluí, creo que con fiereza.
Y María llora, y yo quiero gritar.
María aceptó al fin mi propuesta de liberarla del común compromiso. Era consciente de que su compasión haría naufragar cualquier expectativa de vida conjunta.
Aceptó, porque a mí me dolía incluso su presencia, dejar también de venir a verme.
Se fue. Supe que no volvería. Tampoco lo deseé. El accidente me había destrozado por fuera y por dentro.
Recuerdo mis años de estudiante, cuando cuestionaba todo. Desde el movimiento de las estrellas a la existencia de un Dios que rigiera el destino de los hombres.
Reconozco que aún entonces Dios no se encontraba demasiado lejos de mis pensamientos. Estaba de otra manera. En ser solidario con las gentes de Biafra; en la huelga de hambre contra la invasión soviética de Afganistán; en la lucha por hacer este mundo un poco más justo y habitable.
A la vez, el estudio me moldeaba y cuadriculaba por dentro. Todo tenía una razón, un porqué; una causa objetiva. No hay nada más cretino que un obrero que pasa a señorito. Eso me sucedió en parte, y es ahí donde veo que quizás se encuentre la falta que he de pagar.
Lo cierto es que Dios nunca se alejó demasiado de mí. Es verdad que no rezaba, ni iba a misa y mis pensamientos al Cielo los convertía en una especie de cordón de plata fraterno y solidario con el mundo. Pero los semejantes son también Dios. ¿Por qué se castiga las formas? Yo siempre te he tenido muy dentro. Quizás de otra manera. Pero tú siempre has tenido en mí tu hogar.
La vida es tan puñetera, tan escasa, que si no se madura por la experiencia se madura a golpes. Eso es lo que me ha sucedido. Un instante de bajar la guardia, dejarse llevar por el acomodo ante este salvaje mundo competitivo, y a tomar por culo todo.
Admito que el moverme profesionalmente en un ambiente hasta cierto punto agresivo, no me resultaba del todo desagradable. Más bien al contrario, resultaba estimulante. Me ayudaba a superarme y a plantearme nuevas metas. Me gustaba mi profesión; el trato con la gente. Convencer, persuadir, mostrar y demostrar. Mi gran defecto entiendo era volcarme en exceso en mi profesión, marginando aspectos de la vida tan o más estimulantes que la profesión misma.
Muchos ingenieros son analfabetos virtuales en aspectos esenciales. Yo no recuerdo por ejemplo desde cuándo no había leído una buena novela, o dejándome llevar por la imaginación, plasmado mis sueños por escrito.
El estar por fuerza inmóvil me está forzando paradójicamente a ese reencuentro con lo mágico que todos llevamos dentro. Es cierto que ahora me veo obligado a grabar en cinta cuanto estoy diciendo, para que luego sean transcritas a papel estas reflexiones que tan caras me están siendo.
He dejado muchas cosas atrás. No las disfrutaré nunca. Pensar con una pistola en las sienes es francamente complicado. Me gustaría que esto fuese un sueño; despertar con la sensación de que he de aferrarme a todo lo maravilloso que Dios ha creado; pero sé que no se me dará una nueva oportunidad.
Pasó mi tiempo. Sólo me queda suplicar al Dios hombre al que quebraron los huesos en la cruz, fuerzas para morir dignamente.
Dios está en cada florecita, en cada primavera que por fuerza sigue a todo invierno. Me gustaría correr a su lado y dejadme balancear en sus barbas. Ofrecerle lo que aún hay de bueno en mí y dedicar mi vida por entero a los demás. Pero no puedo andar; ni siquiera puedo mover bien el cuello.

