sábado, 9 de agosto de 2008

Un angel me acompaña 2

Capítulo 2
La vida es una etapa, no sé si hacia otra forma de existencia o forma parte de un proceso más general. Pero de lo que estoy absolutamente convencido es de que desde el mismo instante en que nacemos estamos en cierta medida muriendo. Cierto es que en los albores del segundo milenio la muerte es algo que se trata de ocultar; de no sentir como cotidiano. La sociedad trata de mantener en la esfera de lo estrictamente privado el sentimiento del dolor por la pérdida de los que nos son queridos. A la muerte se le teme; por ello se oculta su rostro, se tapan los aspectos externos, como si con ello se consiguiese mantenerla alejada.
Siempre he convivido con el pensamiento de la muerte. Desde que tengo uso de razón y, más aún en concreto, desde el fallecimiento de mi abuela materna, pienso que en cualquier momento me ha de suceder a mí lo mismo; que la juventud no es sinónimo de vida eterna. En ese aspecto reconozco que quizás maduré demasiado pronto. Quizás contribuyó a ello también la temprana pérdida de mi amigo Alejandro, fallecido en un accidente de bicicleta cuando aún no había cumplido los doce años. Esas cosas marcan mucho a un niño. Más aún cuando al juego sigue la muerte, como si una cosa continuase a la otra. Ver morir a un niño es muy duro para otro niño.
Su madre nos había advertido: "niños, cuidado con las bicicletas. Los coches están donde uno menos los espera". Como una premonición un coche se lo llevó, ante el estupor y desesperación del que ve impotente cómo su mejor amigo cae para no levantarse nunca más.
Todo esto lo tengo más presente que nunca y estoy seguro de que se agudiza por la situación en que me encuentro. Probablemente hubiese sido mejor que el coche me hubiera enviado a mí también al otro barrio. Siempre pensé que iba a ser capaz de afrontar la propia muerte de una manera más resignada. Pero la postración y el hecho de estar prácticamente en una situación de suspensión, en la que otros son lo que deciden por mí, me hace contemplar, sin quejarme, el anticipo de una muerte, a la que temo más de lo que creía.
En realidad he de confesar que siento auténtico pánico. Sin embargo, la sensación horrible de pérdida de control, de impotencia y de pensar que voy a ser incapaz de afrontar con dignidad los últimos momentos, me mantiene en un estado cercano a la catalepsia. No puedo seguir así por más tiempo. !Quiero vivir. La muerte me da mucho miedo¡
¿Qué es lo que me va a ocurrir de ahora en adelante, si no puedo controlar siquiera la respiración? ¿Si me llega una bocanada, de asco y hastío, moriré entre mis propios vómitos? Y tengo ganas de vomitar. No quiero alimentar más a este cuerpo, que me resulta extraño. ¿Cómo podré librarme de la opresión? ¿Cómo afrontar lo que me reste?
Esta mañana hubo un momento en el que traté de abrir los ojos, moverme, y no pude hacer ni lo uno ni lo otro. Me faltaba la respiración. La postura en la que me encontraba no me favorecía; me estaba asfixiando. No pude siquiera dar un grito. Por unos instantes sentí incluso cómo salía del cuerpo. En realidad estoy pegado con clavos a él. Quise abrir los ojos; llamar a la enfermera, a mis padres... no pude ni gritar.
Antes nunca realicé un esfuerzo semejante. Sólo el control de la mente y la voluntad de no morir, porque no me encuentro preparado, me hicieron volver a una vida que se me estaba escapando a chorros del cuerpo. ! Qué horrible momento!
No hace aún veinte días daba saltos, corría, bailaba; era un hombre aún joven, impetuoso y con ganas de comerse el mundo, con sueños y ambiciones... Ahora no soy nada. Sólo un trozo de carne, que aspira a huir de la cárcel del cuerpo.
No encuentro palabras para describir la impotencia de saberme de repente sin destino. Quisiera tener fe en una nueva vida; en una situación donde pudiera moverme con total libertad. Volar tal cual imagino en los sueños. Porque en mis sueños vuelo, floto libremente y sin ataduras. No hay resquicio o lugar en el que no tenga cabida. Me siento feliz, yendo de uno a otro lugar. Incluso el mundo me parece hermoso y hermosas las criaturas que en él habitan. El despertar me hace, sin embargo, sumergir en un abismo de profundidades insondables del que no consigo salir.
No quiero ver a nadie; menos aún a María, a la que libero de su compromiso para conmigo. La compasión me hace daño; me ofende. Si no puedo ser o estar como ellos, me dejaré morir. No tiene sentido estar permanentemente sumergido en esta horrible neblina.
Comprendo lo extremadamente dura que ha de ser la prisión para quien antes fue libre. Pero de lo que estoy absolutamente convencido es de que no hay peor castigo que ser libre y no poder moverse. La libertad es el movimiento. Es mucho peor que estar preso. Además, confieso que soy un cobarde que tiene mucho miedo. Ni mis padres, ni los médicos ni los psicólogos podrán aliviar la condena que me corroe y que amenaza con hacerme estallar por dentro.
Ahora más que nunca me gustaría creer que tras ésta hay otra vida. Si así fuese; si yo creyera que en verdad existe esa otra puerta a otro mundo distinto, pediría que se me facilitase cuanto antes la llave para dejar lo más atrás que pudiera este antro de dolor.
No existe nada tras la muerte. El cuerpo es pura química y reacciona con impulsos de dolor frente a la propia disolución.
Siempre creí que mi abuela era el ángel que me advertía de los más graves peligros. Sin embargo, el día del accidente de nada me sirvió su pretendida protección. Sencillamente la abuela sólo tenía continuidad en mi pensamiento. Nada más de ella ha permanecido en este o en otro mundo. Su hipotética presencia era un efecto placebo y adormecedor de la mente, que ante la pretendida protección de la que creía gozar, me hacía ser descuidado ante cualquier peligro potencial.
Las enseñanzas religiosas actúan como una bola de nieve que envuelve a las personas generación tras generación. ¿Dónde se encuentra lo eterno del ser humano? En los días que llevo en el hospital he tratado desesperadamente de percibir siquiera un resquicio de esa luz; un algo que aporte el consuelo necesario a la existencia. Nada; no he sido capaz de ver o intuir sencillamente nada.
De pequeño iba a misa los domingos. Me gustaban los cánticos. La ceremonia; el olor a incienso. La majestuosidad del templo inducía en mí un recogimiento y una especie de hormigueo que pensaba yo era por la presencia de Dios y porque en efecto allí se hallaban las puertas del paraíso.
Ahora no soy capaz siquiera de rezar un padrenuestro. Me revelo contra el destino y contra quien haya dispuesto que me vea sin más vida que la de un cerebro que de un momento a otro, de seguro va a estallar.
En unos instantes vendrá la enfermera a retirarme la cuña de la orina. Me molesta la naturalidad con la que hurga mis intimidades. Me da asco mi propia mierda. Me siento más indefenso que un niño. No consiento que nadie me ponga las manos encima. No sé si soportaré sin gritar que lo haga de nuevo. El cuerpo actúa solo. !No controlo el momento de hacer mis necesidades¡
-- Hola, Juan, ¿cómo te encuentras? -- me saluda la enfermera, interrumpiendo mis reflexiones.
-- Ya ves, aquí me ando -- le respondo con toda la sorna de que soy capaz, pero a la vez con toda la dureza de la rabia que me explota por dentro.
-- Bueno, vamos a cambiarte de posición y a higienizarte un poco -- prosigue, como sin dar importancia a mis palabras.
Y lo hace con la dulzura del prepotente; del que se puede mover libremente. No sabe el daño que me hace. No soy capaz de gritar. Con las escasas fuerzas con las que puedo manejarme y girando parte del cuerpo con el cuello, hago todo lo posible por perturbar su trabajo. Me opongo. Es la lucha de David contra Goliat. Lo intento desesperadamente. Ella parece darse cuenta.
-- Somos unas pesadas, ¿verdad? -- insiste y consigue vencer mi resistencia.
-- Hacéis vuestro trabajo -- le digo, y cierro los ojos para que no perciba mi emoción.
Me pregunto cómo una mujer tan aparentemente frágil, no debe pesar más allá de los cincuenta kilos, es capaz de manejar con tanta soltura a alguien como yo, que pesa más de ochenta. Lo hace con exquisita suavidad. Huele a naftalina, a monjita. Por unos instantes me dejo hacer.
-- ¿No te da asco oler mis porquerías? -- le digo.
-- A todo se acostumbra una. Hay cosas mejores, desde luego. Pero para eso estamos -- me contesta.
-- !Yo no quiero que nadie me limpie el culo. Quiero ser yo mismo quien lo haga¡ Nunca antes le había enseñado a nadie mis partes. No me ha gustado siquiera que me vea mi novia. Y tú te mueves por ahí como Pedro por su casa -- le confieso con enojo.
-- No me ofendo. Para mí son una parte más del cuerpo. No me producen ninguna emoción. Y desde luego tu hombría la sigues manteniendo intacta. No te preocupes por ello -- matiza suavemente, sin mirarme a los ojos.
Llega la noche. Y con ella el insomnio, que se torna cruel. Trato de relajarme; de olvidarme de que soy reo del propio cuerpo. No lo consigo. Parece como si en mi interior habitasen dos personas. Las dos hablándome a un tiempo. Voy a volverme loco de seguir así.
Si no hubiese nacido todo hubiera sido distinto. ¿Por qué hube de nacer? Fue tan sólo el destino, o el azar, quien lo determinó. Millones de espermatozoides luchando por fecundar al óvulo. De todos ellos, uno ganó la partida. Y aquí estoy yo, que lo mismo podía haber que no haber sido.
De no haber nacido nada de esto me estaría sucediendo. Ni hubiese venido a esta vida tan extremadamente dura para todos.
Sé que es absurdo, que naturalmente de no haber nacido no sufriría, pero tampoco gozaría del hecho de vivir. Lo cierto es que los hombres no disponemos, como el resto de las especies, de la capacidad de no pensar en la propia muerte. Las demás especies afrontan incluso de otra manera la incapacidad de sus iguales. ¿Cómo es posible pensar que me vaya a quedar de por vida en esta situación? Ningún animal mantiene a otro animal inválido. Además, no he sido útil a la sociedad. Llevo toda la vida formándome para ser útil a los demás: estudiando, aprendiendo, leyendo. Cuando justamente me encuentro en la plenitud de energías y recursos, todo se vuelve en mi contra y, de ser potencialmente útil, me transformo en carga pesada.
Y por qué me ha de dar miedo la muerte. ¿No mueren diariamente millones de personas en todo el mundo? La muerte ha de ser una especie de tránsito, como lo es el nacimiento. No creo ser distinto a los demás. Me da miedo la angustia, el dolor, la soledad; el no poder respirar y tratar desesperadamente de llenar de aire los pulmones. No sé cómo explicar lo que siento. Lo más cercano que recuerdo es la impotencia que sentía en las aguadillas que me hacían de pequeño en la piscina. Aunque imagino que ese instante de angustia máxima será un momento nada más. Cierto que un momento horrible. Pero luego vendrán la paz y el silencio.
Lo peor es que me entierren con vida. Si el cuerpo entero se detiene pero por dentro sigue aún vivo, ¿quién lo habrá de saber? He leído que al cabo de los años, cuando se desentierran los cuerpos de los muertos, algunos presentan señales de haber sido enterrados con vida. Uñas y dedos rotos; las mandíbulas fuera de sí. Me estremezco sólo de pensarlo.
Creo que lo mejor es la incineración. De existir algo de vida el fuego se la lleva consigo. De haber algo en el más allá, da igual la forma en la que quede el cuerpo.
Cómo pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. No existe nada, sino una cadena en la que el hombre pasa al hombre un testigo. Pero somos una especie efímera. Llegará un momento en que las ratas, los piojos y las chinches sean los dueños del Planeta. Puede que, para entonces, alguna cucaracha con las patas rotas se haga las mismas preguntas que yo. Me gustaría creer en algo. Es más, necesito creer. Pero por más vueltas que le doy no consigo vislumbrar nada. El sueño es un escape. Quisiera creer que en realidad es un anticipo. Pero no es antesala de nada; es una especie de hibernación de los pensamientos durante el descanso del cuerpo, quizás precursor de la muerte. Pero, tras el sueño como tras la muerte, no hay nada.
Hoy más que nunca necesito tener fe. ! Necesito creer en algo para no morir de desesperación ¡
¿A quién se le puede haber ocurrido la crueldad de dar vida a monos pensantes? Cuándo más a gusto se encuentra el primate en la vida !pum¡ se da de morros contra el árbol que le hace despertar del sueño absurdo de esa pretendida felicidad en la que creía vivir.
No es que sea tan ingenuo como para pensar que todo este orden de galaxias, estrellas y Planetas haya surgido de manera espontánea; pero aún habiendo un Creador, ¿qué sentido tiene para el orden cósmico la existencia del hombre? ¿Por qué ha de ser más el hombre que la cucaracha o la lombriz?
Y ese Creador ¿tiene sentimientos? Naturalmente desde el punto de vista humano o como el hombre, no. Puede que precise del hombre para experimentar. Para transformar la naturaleza y comenzar de nuevo otro ciclo, en el que cualquier otra criatura capaz de moverse y de hacer uso de lo aprendido, transforme el medio, hasta que llegue otra vez el momento en el que éste se equilibre, en la medida en la que el Creador lo estime oportuno.
Porque el Creador puede ser cualquier cosa, una ecuación matemática o una galaxia más grande que las demás. Pensar en el Creador como en un ser grande, de barbas y aspecto bonachón, es la interpretación humana de lo que se desconoce y se quiere ver como uno es capaz de entender.
Confieso que me gustaría sentirle como un padre. Cuando murió Paquita, amiga del alma y de tercero de BUP, lloré mucho su muerte. No fui capaz de entender que Dios quisiera llevarse a una chica tan angelical. Me revelé contra tan grande injusticia. Pero lo único que pude fue lanzar miradas asesinas al Cielo. No es justo que se vayan los buenos y se nos deje tan solos.
Una noche, tres o cuatro meses después de su muerte, sucedió algo extraño. Justo cuando más la lloraba; cuando más la echaba de menos y me lamentaba del terrible infortunio de la soledad en que nos dejaba, experimenté una experiencia inenarrable. Tenía la luz apagada y sólo una raya de luna se dejaba filtrar por la ventana. De repente, la habitación se iluminó y creí ver al trasluz una bellísima mujer envuelta en un halo tan hermoso como difícil de describir:
-- Paquita ¿eres tú? – pregunté en silencio.
No hubo respuesta. No sentí miedo. La miré fijamente.
Aquella visión se prolongó por espacio de un minuto o quizás más. Me deleité contemplándola.
Lo eché todo a perder cuando quise iluminar su cara; verla más de cerca. Enfoqué mi linterna hacia su rostro. Entonces desapareció.
Aquella visión ha sido la experiencia más curiosa y a la vez más bella que jamás haya experimentado. Repito, no tuve miedo, sino una sensación de dicha como nunca antes había experimentado. Y sé que era ella. Aquella noche dormí en la mayor felicidad. Me sentí relajado, reconfortado. Y los efectos de su presencia se prolongaron en mí durante mucho tiempo.
Comenté con los amigos lo sucedido. Hubo versiones para todo. He de confesar que yo mismo estuve convencido de lo sobrenatural de la experiencia. Sin embargo, el paso del tiempo y la razón me hicieron replantearme aquello y contemplarlo desde otro prisma.
Cuánto me gustaría que fuese verdad la luz del túnel de la que hablan los que han pasado por experiencias cercanas a la muerte; el recibimiento por los seres queridos. Si así fuese, superaría todos mis miedos y me dejaría morir. Pero yo creo que a la muerte hay que plantarle cara, y la verdad es que ahora no tengo fuerzas ni para compadecerme de mí mismo. Tras mi muerte no habrá nada. Quiero aferrarme a esa pequeña luz de esperanza que parece dibujarme la borrachera de no sé qué hipotética armonía futura. Pero lo cierto es que los hombres lo hemos construido todo sobre la base de los sueños, y sólo eso y nada más que eso sustentan mis pensamientos.