UN ANGEL ME ACOMPAÑA
por
Francisco Limonche Valverde
por
Francisco Limonche Valverde
A los niños bosnios, y a todos los niños del mundo,
a los que la guerra ha quebrado la médula espinal
de la esperanza, para que un ángel les acompañe siempre.
Capítulo 1
Caminaba distraído; no recuerdo bien qué pensaba en aquel instante, aunque vagamente me vienen a la cabeza ráfagas de la imagen de mi pueblo.
Tampoco recuerdo cómo sucedió aquello. De improviso me encontré flotando y el aire se tornó liviano. Una extraña sucesión de colores, algún rostro familiar; unas imágenes ininterrumpidas; después un velo y ya no volví a sentir nada, hasta despertar en el hospital. Todo quedaba envuelto en una neblina; algo extremadamente blanco y denso; después susurros, cuchicheos.
El primer rostro que vi fue el de ella. Me miraba entre expectante y angustiada:
-- Hola -- me dijo.
No respondí; en realidad creía estar soñando. Cerré los ojos. Hice un intento por cambiar de postura en la cama. Apenas si conseguí mover la cabeza. Volví a abrir los ojos.
La estancia me resultaba desconocida. Todo me era confuso; tan sólo su presencia contribuía a calmar la sensación de desconcierto y el apunte de miedo que comenzaba a embargarme:
-- ¿Dónde estoy? -- acerté a preguntar.
Mis propias palabras me sonaban a hueco. Eran como el coro repetido de voces ajenas que abriesen un agujero en mi cabeza, de donde salían como el aire que se filtra por una grieta.
-- Has sufrido un accidente. Estás en el hospital Gregorio Marañón -- respondió con una dulzura que me resultó sorprendente, pese a hallarme aún entre brumas.
-- ¿Hospital? ¿Qué es lo que me ha pasado? -- sentí una enorme desgana y un gran vacío al decir esto. Traté de incorporarme. No pude; me resultaba imposible mover un solo músculo.
-- Tranquilízate. No tengas miedo. Ahora vendrán los médicos -- me dijo y la voz se le quebró.
-- Pero ¿qué me ocurre? !No puedo moverme! -- Intenté incorporarme una vez más. No sentía las manos. Tuve miedo. La sensación horrible de no controlar el propio cuerpo; de no dominar la situación, me hizo comprender que algo muy grave, y tal vez irreparable, me había sucedido.
-- No puedes moverte, porque aún te encuentras bajo los efectos de la medicación. Tranquilízate. Voy a llamar a los médicos y ellos te explicarán -- su rostro y su voz me resultaban incomprensibles, lejanos, como si en realidad no perteneciesen a ella.
-- Llámalos, por favor -- le supliqué en un hilo de voz y cerré los ojos, sintiéndome confundido y angustiado. Todo me daba vueltas; la habitación, su voz; la imagen de mi pueblo.
Cada latido, cada inspiración se trocaban en ecos de un algo ajeno que de repente se hubiera adueñado de mí. Jamás antes había sentido nada parecido. En realidad, apenas si me reconocía a mí mismo. Sólo cerrar los ojos me proporcionaba la remota sensación de que mantenía algún control sobre lo que me estaba sucediendo.
Incluso María me resultaba lejana y confusa. No era la chica alegre y despreocupada que reía por cualquier cosa. La gravedad de su rostro, el extraño temblor de su voz; el sentirla tan lejos, cuando yo la recordaba con aquella mirada brillante de comerse el mundo, me desconcertaban.
Traté de hacer un esfuerzo y ordenar mis ideas. Todo cuanto pude fue recordar que había salido de la oficina un poco antes de lo habitual. Hacía calor. Había tomado el metro en Moncloa. Recordaba también las estaciones de metro pasando ante mí con rapidez. Gente que entraba y salía con apresuramiento. Un chico y una chica besándose. En Sol pasaron varios soldados al mismo vagón en el que yo me encontraba. Uno de ellos me saludó, probablemente confundiéndome con un superior:
-- ¡A sus órdenes, mi capitán¡ -- me dijo.
Le devolví el saludo con una sonrisa. Cuchicheaban entre ellos. Mi presencia parecía cohibirles, pese a resultarme del todo desconocidos. Opté por mirar a otro lado; hacerme el distraído. Casi me paso de estación.
Subí las escaleras de la estación de Lavapiés de dos en dos. María me esperaba en la cafetería La Campana, a unos metros del lugar. No quería hacerle esperar. Realmente deseaba darle un fuerte abrazo, besarla y tomar sus manos para soñar junto a ella. María era la ilusión que me animaba, el futuro que quería dibujar y construir a fuerza de deseos y pensamientos.
Luego ya todo se volvió borroso. Sólo la persistente imagen de la Plaza Mayor de Villanueva de los Infantes. No recordaba nada más.
María pulsó el botón de aviso situado junto a la cabecera de la cama. No tardó en llegar una enfermera.
-- ¿Qué sucede? -- preguntó.
-- Se ha despertado -- respondió María.
-- Enseguida doy aviso al médico -- dijo la enfermera
María suspiraba. Acariciaba mis mejillas. Me susurraba cosas incomprensibles, a las que yo apenas prestaba atención. Percibía una extraña convulsión en esas caricias. Era como si todo el agitar de su cuerpo se prolongase en el mío y me hiciese vibrar con sus temores. La sentía cerca y lejos a la vez.
-- Es muy grave lo que me ha ocurrido, ¿verdad, María? -- le pregunté conciso, buscando una palabra de consuelo en la respuesta.
-- Sí, pero te recuperarás – contestó sonriendo.
-- No siento las piernas. No puedo mover los brazos. Dime la verdad, María -- supliqué.
-- Tranquilízate, Juan. Los médicos te lo explicarán mejor que yo. Te atropelló un coche... -- no supo proseguir.
-- ¿Cuánto tiempo llevo aquí? -- inquirí lleno de temor.
-- Doce días -- respondió ella.
-- ¿Doce? -- repetí.
-- Sí. Te han tenido sedado -- contestó.
-- ¿Cómo fue? -- pregunté.
-- Te atropelló un coche al cruzar el paso de cebra de Simago. Te golpeaste con la cabeza en el bordillo de la acera. Luego unos hombres te trajeron en un taxi.
-- ¿Y mis padres? -- pregunté.
-- Están en la cafetería. Nos turnamos. Ahora deben estar comiendo. Se van a poner muy contentos cuando sepan que has despertado. – intentó animarme.
-- ¿Habéis llamado a la oficina? -- me vino a la cabeza todo el trabajo pendiente de resolver.
-- Claro; no te preocupes por eso. – afirmó escuetamente, como sin darle importancia a tan repentina preocupación.
-- ¿Qué me van a hacer? -- me asaltó de nuevo el temor.
-- En cuanto puedan te van a llevar a Toledo. Allí te harán más pruebas. Hay un centro especializado en accidentes como el que has sufrido -- me dijo.
-- María te oigo muy lejos. Llama al médico, por favor. Tengo miedo – sentí como el cuerpo inerte tiritaba.
-- No te preocupes, Juan, ya viene -- colocó sus manos sobre las mías.
No quería abrir los ojos. Mantenerlos cerrados era un alivio. Todo me daba vueltas. De poder salir corriendo lo habría hecho, para dejar atrás la pesadilla.
El médico se hizo esperar. Parecía que el tiempo se hubiera congelado. No deseaba hablar; mis propias palabras me llenaban de zozobra y desasosiego.
Comencé a sudar. Una gota salina se introdujo en mi ojo derecho. Mi vida había dado una vuelta completa en apenas un suspiro. Todo cuanto sentía, quería o anhelaba; todas mis metas o ideales no significaban nada en aquel instante ante la indefensión en la que me encontraba. Era carne prisionera, atada a una cama, sin posibilidad de defensa y en la impunidad del que encadenan a la leva. Era preso de un cuerpo que se negaba a obedecer mis órdenes.
Todo cuanto me rodeaba me parecía lejano. La mesita de noche, de la que apenas vislumbraba el perfil, llena de revistas. El techo alto, blanco, adornado por una lámpara fluorescente de luz difusa. El hueco del pequeño pasillo, que no se sabía si iba a dar a otra habitación o a algún extraño lugar, en aquel laberinto que comenzaba en mi cama.
El médico cortó de raíz mis cavilaciones. Por un momento tuve la sensación de que todo volvía a ser como antes. La voz y sonrisas del facultativo me devolvieron a la esperanza.
-- Ya era hora de que despertaras -- me comentó amablemente, como si la situación careciese de importancia.
No respondí nada. Me quedé mirándole como al mago que te va a dar la pócima de la salud eterna.
-- ¿Cómo te encuentras? -- preguntó.
-- No entiendo qué es lo que me pasa. No puedo moverme -- le respondí, poco menos que sin abrir los labios.
-- Te explicaré lo que te sucede. Hace doce días te atropelló un coche; te golpeaste en la cabeza y a consecuencia del golpe sufriste una lesión medular. No sabemos todavía el alcance definitivo de la misma. Pero debo adelantarte que es algo serio. Sin embargo, no quiero que te preocupes innecesariamente. Estás en muy buenas manos y vamos a hacer todo lo posible para que puedas recuperarte cuanto antes. Debo advertirte sin embargo, que tu vida ya no volverá a ser como antes -- acabó señalando en tono grave.
-- ¿Voy a quedarme paralítico? -- enfaticé con la ansiedad del condenado que anhela el perdón del verdugo.
-- Tus funciones motoras no serán las de antes. Hay posibilidades de que puedas manejarte con una cierta autonomía. Pero tendrás que habituarte a vivir de otro modo -- me dijo, de nuevo con gran seriedad.
-- ¿De qué modo? ¿En una silla de ruedas? -- hube de contener la emoción para no romperme.
-- Sí; en una silla de ruedas. Pudo costarte la vida. Pudiste incluso sufrir una lesión cerebral que te hubiese dejado prácticamente en situación vegetativa. Lo cierto es que estás vivo y que eres un hombre joven. Tienes toda una vida por delante para luchar y afrontar todo lo que te depare el futuro. Lo único que te va a diferenciar de los demás es la altura desde la que contemplar las cosas -- me animó, apretándome las manos.
-- !Yo no quiero vivir en una silla de ruedas¡ !Prefiero morir¡ -- y al pronunciar la frase temblé de miedo y de angustia, y una sensación que jamás antes había experimentado, me hizo retrotraer a los lugares más oscuros del pensamiento.
-- Naturalmente, vas a necesitar ayuda para superar el "shock". La tendrás. De aquí a unos días te enviaremos al Hospital de Tetrapléjicos de Toledo, donde vas a tener toda la que necesites -- me dijo,
-- !Yo necesito mover mis piernas. Sólo eso necesito¡ -- grité.
-- Tendrás movimiento. Todo llegará. De momento tendrás que empezar por asumir que lo que ha ocurrido en tu vida es como una prueba. Un alto en el camino. Desde este preciso momento tienes que empezar a emplear toda tu energía en enfrentarte a los nuevos retos que sin duda se te van a presentar. En Toledo aprenderás a hacer uso de recursos de tu propio cuerpo, que quizás te sorprendan. El cuerpo es sólo un mecanismo. La determinación de las personas es la que hace que el ser humano supere todas las limitaciones y no tenga más limites que los de la imaginación. Juan, yo confío en ti. Creo que todo en esta vida tiene solución, excepto la muerte; y tú estás vivo, y te aseguro que con muchos años por delante para sacar de la vida todo cuanto te propongas -- me dijo, brillándole la mirada al hacerlo.
-- Dios mío, Dios mío -- murmuré sin apenas fuerzas, cerrando los ojos una vez más.
-- Por lo demás Juan, te encuentras perfectamente de salud – me animó.
-- Salud era lo que tenía antes. No puedo entender por qué me ha tenido que suceder a mí. ¿Qué es lo que he hecho para merecer algo así? -- mis lamentos eran un grito de dolor contra todos.
-- Un coche se saltó un semáforo a gran velocidad. Tuviste un movimiento reflejo, que probablemente te salvó la vida; pero caíste de cabeza sobre el bordillo. Luego, te trajeron aquí en un taxi. En Madrid, a pesar de todo, hay todavía gente de buena voluntad. Pero también quiero que sepas una cosa. Aunque el daño era ya seguramente irreparable, tu traslado al hospital no fue del todo correcto. Eso nos complicó las cosas. No puedo asegurarte plenamente si en Toledo podrán o no componer lo que se descompuso en el traslado -- me advirtió de nuevo apretando los labios.
-- ¿Quiere decir que si no me hubieran trasladado inmediatamente y hubiesen esperado a un médico, quizás ahora no me encontrara como me encuentro? -- pregunté lleno de nerviosismo, latiéndome a toda velocidad el corazón.
-- No exactamente eso. Hubo precipitación. La ambulancia del Samur llegó tan sólo cinco minutos después de que el taxi se hubiera marchado. Siempre es mejor que sean expertos quienes hagan los traslados. Por otra parte, el accidente resultó muy aparatoso. Perdiste una gran cantidad de sangre. En fin, a veces la gente tiene mejor voluntad que conocimiento de hacer las cosas. Pero no hay que darle más vueltas. Tú sabes que lo que nos haya de ocurrir, nos ocurrirá de una u otra manera. Hay un destino que no es posible eludir. Tú puedes contarlo y sabes que te vamos a ayudar a que puedas sacar el mayor provecho de todo. !Te prometo que lo haremos¡ -- manifestó enfatizando la expresión.
-- Han destrozado mi vida por completo. ¿Qué voy a hacer a partir de ahora? Tenía un buen trabajo. Me gustaba lo que hacía. ¿Qué puedo ofrecerle a mi novia? ; ¿qué puedo ofrecerme a mí mismo? – inquirí atormentado.
-- Todo, cariño -- respondió María, que se encontraba junto a mí.
-- Tú sabes que no es así. Voy a ser un inválido. Soy un inválido. Alguien que necesitará siempre que le echen una mano incluso para sus necesidades más íntimas. Tú sabes María que nunca aceptaré la compasión de nadie. Voy a ser una carga, incluso para mí mismo. Tengo que pensar. Estoy muy confuso.
-- Siempre estaré a tu lado...
-- María, por favor, no digas nada.
Se hace el silencio. El médico me ausculta, más por quebrar la tensión del silencio insoportable que por otra cosa.
El silencio también duele. No quiero escuchar a nadie. -- Dejadme solo – sollozo.
Caminaba distraído; no recuerdo bien qué pensaba en aquel instante, aunque vagamente me vienen a la cabeza ráfagas de la imagen de mi pueblo.
Tampoco recuerdo cómo sucedió aquello. De improviso me encontré flotando y el aire se tornó liviano. Una extraña sucesión de colores, algún rostro familiar; unas imágenes ininterrumpidas; después un velo y ya no volví a sentir nada, hasta despertar en el hospital. Todo quedaba envuelto en una neblina; algo extremadamente blanco y denso; después susurros, cuchicheos.
El primer rostro que vi fue el de ella. Me miraba entre expectante y angustiada:
-- Hola -- me dijo.
No respondí; en realidad creía estar soñando. Cerré los ojos. Hice un intento por cambiar de postura en la cama. Apenas si conseguí mover la cabeza. Volví a abrir los ojos.
La estancia me resultaba desconocida. Todo me era confuso; tan sólo su presencia contribuía a calmar la sensación de desconcierto y el apunte de miedo que comenzaba a embargarme:
-- ¿Dónde estoy? -- acerté a preguntar.
Mis propias palabras me sonaban a hueco. Eran como el coro repetido de voces ajenas que abriesen un agujero en mi cabeza, de donde salían como el aire que se filtra por una grieta.
-- Has sufrido un accidente. Estás en el hospital Gregorio Marañón -- respondió con una dulzura que me resultó sorprendente, pese a hallarme aún entre brumas.
-- ¿Hospital? ¿Qué es lo que me ha pasado? -- sentí una enorme desgana y un gran vacío al decir esto. Traté de incorporarme. No pude; me resultaba imposible mover un solo músculo.
-- Tranquilízate. No tengas miedo. Ahora vendrán los médicos -- me dijo y la voz se le quebró.
-- Pero ¿qué me ocurre? !No puedo moverme! -- Intenté incorporarme una vez más. No sentía las manos. Tuve miedo. La sensación horrible de no controlar el propio cuerpo; de no dominar la situación, me hizo comprender que algo muy grave, y tal vez irreparable, me había sucedido.
-- No puedes moverte, porque aún te encuentras bajo los efectos de la medicación. Tranquilízate. Voy a llamar a los médicos y ellos te explicarán -- su rostro y su voz me resultaban incomprensibles, lejanos, como si en realidad no perteneciesen a ella.
-- Llámalos, por favor -- le supliqué en un hilo de voz y cerré los ojos, sintiéndome confundido y angustiado. Todo me daba vueltas; la habitación, su voz; la imagen de mi pueblo.
Cada latido, cada inspiración se trocaban en ecos de un algo ajeno que de repente se hubiera adueñado de mí. Jamás antes había sentido nada parecido. En realidad, apenas si me reconocía a mí mismo. Sólo cerrar los ojos me proporcionaba la remota sensación de que mantenía algún control sobre lo que me estaba sucediendo.
Incluso María me resultaba lejana y confusa. No era la chica alegre y despreocupada que reía por cualquier cosa. La gravedad de su rostro, el extraño temblor de su voz; el sentirla tan lejos, cuando yo la recordaba con aquella mirada brillante de comerse el mundo, me desconcertaban.
Traté de hacer un esfuerzo y ordenar mis ideas. Todo cuanto pude fue recordar que había salido de la oficina un poco antes de lo habitual. Hacía calor. Había tomado el metro en Moncloa. Recordaba también las estaciones de metro pasando ante mí con rapidez. Gente que entraba y salía con apresuramiento. Un chico y una chica besándose. En Sol pasaron varios soldados al mismo vagón en el que yo me encontraba. Uno de ellos me saludó, probablemente confundiéndome con un superior:
-- ¡A sus órdenes, mi capitán¡ -- me dijo.
Le devolví el saludo con una sonrisa. Cuchicheaban entre ellos. Mi presencia parecía cohibirles, pese a resultarme del todo desconocidos. Opté por mirar a otro lado; hacerme el distraído. Casi me paso de estación.
Subí las escaleras de la estación de Lavapiés de dos en dos. María me esperaba en la cafetería La Campana, a unos metros del lugar. No quería hacerle esperar. Realmente deseaba darle un fuerte abrazo, besarla y tomar sus manos para soñar junto a ella. María era la ilusión que me animaba, el futuro que quería dibujar y construir a fuerza de deseos y pensamientos.
Luego ya todo se volvió borroso. Sólo la persistente imagen de la Plaza Mayor de Villanueva de los Infantes. No recordaba nada más.
María pulsó el botón de aviso situado junto a la cabecera de la cama. No tardó en llegar una enfermera.
-- ¿Qué sucede? -- preguntó.
-- Se ha despertado -- respondió María.
-- Enseguida doy aviso al médico -- dijo la enfermera
María suspiraba. Acariciaba mis mejillas. Me susurraba cosas incomprensibles, a las que yo apenas prestaba atención. Percibía una extraña convulsión en esas caricias. Era como si todo el agitar de su cuerpo se prolongase en el mío y me hiciese vibrar con sus temores. La sentía cerca y lejos a la vez.
-- Es muy grave lo que me ha ocurrido, ¿verdad, María? -- le pregunté conciso, buscando una palabra de consuelo en la respuesta.
-- Sí, pero te recuperarás – contestó sonriendo.
-- No siento las piernas. No puedo mover los brazos. Dime la verdad, María -- supliqué.
-- Tranquilízate, Juan. Los médicos te lo explicarán mejor que yo. Te atropelló un coche... -- no supo proseguir.
-- ¿Cuánto tiempo llevo aquí? -- inquirí lleno de temor.
-- Doce días -- respondió ella.
-- ¿Doce? -- repetí.
-- Sí. Te han tenido sedado -- contestó.
-- ¿Cómo fue? -- pregunté.
-- Te atropelló un coche al cruzar el paso de cebra de Simago. Te golpeaste con la cabeza en el bordillo de la acera. Luego unos hombres te trajeron en un taxi.
-- ¿Y mis padres? -- pregunté.
-- Están en la cafetería. Nos turnamos. Ahora deben estar comiendo. Se van a poner muy contentos cuando sepan que has despertado. – intentó animarme.
-- ¿Habéis llamado a la oficina? -- me vino a la cabeza todo el trabajo pendiente de resolver.
-- Claro; no te preocupes por eso. – afirmó escuetamente, como sin darle importancia a tan repentina preocupación.
-- ¿Qué me van a hacer? -- me asaltó de nuevo el temor.
-- En cuanto puedan te van a llevar a Toledo. Allí te harán más pruebas. Hay un centro especializado en accidentes como el que has sufrido -- me dijo.
-- María te oigo muy lejos. Llama al médico, por favor. Tengo miedo – sentí como el cuerpo inerte tiritaba.
-- No te preocupes, Juan, ya viene -- colocó sus manos sobre las mías.
No quería abrir los ojos. Mantenerlos cerrados era un alivio. Todo me daba vueltas. De poder salir corriendo lo habría hecho, para dejar atrás la pesadilla.
El médico se hizo esperar. Parecía que el tiempo se hubiera congelado. No deseaba hablar; mis propias palabras me llenaban de zozobra y desasosiego.
Comencé a sudar. Una gota salina se introdujo en mi ojo derecho. Mi vida había dado una vuelta completa en apenas un suspiro. Todo cuanto sentía, quería o anhelaba; todas mis metas o ideales no significaban nada en aquel instante ante la indefensión en la que me encontraba. Era carne prisionera, atada a una cama, sin posibilidad de defensa y en la impunidad del que encadenan a la leva. Era preso de un cuerpo que se negaba a obedecer mis órdenes.
Todo cuanto me rodeaba me parecía lejano. La mesita de noche, de la que apenas vislumbraba el perfil, llena de revistas. El techo alto, blanco, adornado por una lámpara fluorescente de luz difusa. El hueco del pequeño pasillo, que no se sabía si iba a dar a otra habitación o a algún extraño lugar, en aquel laberinto que comenzaba en mi cama.
El médico cortó de raíz mis cavilaciones. Por un momento tuve la sensación de que todo volvía a ser como antes. La voz y sonrisas del facultativo me devolvieron a la esperanza.
-- Ya era hora de que despertaras -- me comentó amablemente, como si la situación careciese de importancia.
No respondí nada. Me quedé mirándole como al mago que te va a dar la pócima de la salud eterna.
-- ¿Cómo te encuentras? -- preguntó.
-- No entiendo qué es lo que me pasa. No puedo moverme -- le respondí, poco menos que sin abrir los labios.
-- Te explicaré lo que te sucede. Hace doce días te atropelló un coche; te golpeaste en la cabeza y a consecuencia del golpe sufriste una lesión medular. No sabemos todavía el alcance definitivo de la misma. Pero debo adelantarte que es algo serio. Sin embargo, no quiero que te preocupes innecesariamente. Estás en muy buenas manos y vamos a hacer todo lo posible para que puedas recuperarte cuanto antes. Debo advertirte sin embargo, que tu vida ya no volverá a ser como antes -- acabó señalando en tono grave.
-- ¿Voy a quedarme paralítico? -- enfaticé con la ansiedad del condenado que anhela el perdón del verdugo.
-- Tus funciones motoras no serán las de antes. Hay posibilidades de que puedas manejarte con una cierta autonomía. Pero tendrás que habituarte a vivir de otro modo -- me dijo, de nuevo con gran seriedad.
-- ¿De qué modo? ¿En una silla de ruedas? -- hube de contener la emoción para no romperme.
-- Sí; en una silla de ruedas. Pudo costarte la vida. Pudiste incluso sufrir una lesión cerebral que te hubiese dejado prácticamente en situación vegetativa. Lo cierto es que estás vivo y que eres un hombre joven. Tienes toda una vida por delante para luchar y afrontar todo lo que te depare el futuro. Lo único que te va a diferenciar de los demás es la altura desde la que contemplar las cosas -- me animó, apretándome las manos.
-- !Yo no quiero vivir en una silla de ruedas¡ !Prefiero morir¡ -- y al pronunciar la frase temblé de miedo y de angustia, y una sensación que jamás antes había experimentado, me hizo retrotraer a los lugares más oscuros del pensamiento.
-- Naturalmente, vas a necesitar ayuda para superar el "shock". La tendrás. De aquí a unos días te enviaremos al Hospital de Tetrapléjicos de Toledo, donde vas a tener toda la que necesites -- me dijo,
-- !Yo necesito mover mis piernas. Sólo eso necesito¡ -- grité.
-- Tendrás movimiento. Todo llegará. De momento tendrás que empezar por asumir que lo que ha ocurrido en tu vida es como una prueba. Un alto en el camino. Desde este preciso momento tienes que empezar a emplear toda tu energía en enfrentarte a los nuevos retos que sin duda se te van a presentar. En Toledo aprenderás a hacer uso de recursos de tu propio cuerpo, que quizás te sorprendan. El cuerpo es sólo un mecanismo. La determinación de las personas es la que hace que el ser humano supere todas las limitaciones y no tenga más limites que los de la imaginación. Juan, yo confío en ti. Creo que todo en esta vida tiene solución, excepto la muerte; y tú estás vivo, y te aseguro que con muchos años por delante para sacar de la vida todo cuanto te propongas -- me dijo, brillándole la mirada al hacerlo.
-- Dios mío, Dios mío -- murmuré sin apenas fuerzas, cerrando los ojos una vez más.
-- Por lo demás Juan, te encuentras perfectamente de salud – me animó.
-- Salud era lo que tenía antes. No puedo entender por qué me ha tenido que suceder a mí. ¿Qué es lo que he hecho para merecer algo así? -- mis lamentos eran un grito de dolor contra todos.
-- Un coche se saltó un semáforo a gran velocidad. Tuviste un movimiento reflejo, que probablemente te salvó la vida; pero caíste de cabeza sobre el bordillo. Luego, te trajeron aquí en un taxi. En Madrid, a pesar de todo, hay todavía gente de buena voluntad. Pero también quiero que sepas una cosa. Aunque el daño era ya seguramente irreparable, tu traslado al hospital no fue del todo correcto. Eso nos complicó las cosas. No puedo asegurarte plenamente si en Toledo podrán o no componer lo que se descompuso en el traslado -- me advirtió de nuevo apretando los labios.
-- ¿Quiere decir que si no me hubieran trasladado inmediatamente y hubiesen esperado a un médico, quizás ahora no me encontrara como me encuentro? -- pregunté lleno de nerviosismo, latiéndome a toda velocidad el corazón.
-- No exactamente eso. Hubo precipitación. La ambulancia del Samur llegó tan sólo cinco minutos después de que el taxi se hubiera marchado. Siempre es mejor que sean expertos quienes hagan los traslados. Por otra parte, el accidente resultó muy aparatoso. Perdiste una gran cantidad de sangre. En fin, a veces la gente tiene mejor voluntad que conocimiento de hacer las cosas. Pero no hay que darle más vueltas. Tú sabes que lo que nos haya de ocurrir, nos ocurrirá de una u otra manera. Hay un destino que no es posible eludir. Tú puedes contarlo y sabes que te vamos a ayudar a que puedas sacar el mayor provecho de todo. !Te prometo que lo haremos¡ -- manifestó enfatizando la expresión.
-- Han destrozado mi vida por completo. ¿Qué voy a hacer a partir de ahora? Tenía un buen trabajo. Me gustaba lo que hacía. ¿Qué puedo ofrecerle a mi novia? ; ¿qué puedo ofrecerme a mí mismo? – inquirí atormentado.
-- Todo, cariño -- respondió María, que se encontraba junto a mí.
-- Tú sabes que no es así. Voy a ser un inválido. Soy un inválido. Alguien que necesitará siempre que le echen una mano incluso para sus necesidades más íntimas. Tú sabes María que nunca aceptaré la compasión de nadie. Voy a ser una carga, incluso para mí mismo. Tengo que pensar. Estoy muy confuso.
-- Siempre estaré a tu lado...
-- María, por favor, no digas nada.
Se hace el silencio. El médico me ausculta, más por quebrar la tensión del silencio insoportable que por otra cosa.
El silencio también duele. No quiero escuchar a nadie. -- Dejadme solo – sollozo.

