domingo, 24 de agosto de 2008

Un angel me acompaña 5

Capítulo 5
¿Cómo es posible en un mundo interconectado e ínter penetrado de redes, autopistas y conocimientos permanecer indiferentes ante la propia destrucción? Todos somos, en alguna medida, chapacos, vallunos, bosnios, judíos..; y lo somos por cuanto somos ciudadanos del minúsculo pedazo de carbono, agua y hielo que se desplaza a velocidad de vértigo desde el más alejado punto del brazo de la galaxia, hasta una remota senda de estrellas.
Dios, la Virgen, los Ángeles... se han ausentado de este mundo. Inmersos en un seminario de actualización de conocimientos para enfrentarse a la locura, han dejado momentáneamente solos a los niños. Hay una terrible falta de programación por parte del Creador.
Los niños sufren; lo hacen en un grado difícilmente soportable, incompatible con un sueño reparador y de ilusión por el mañana. Se está construyendo el futuro sobre un montón de huesecillos torturados.
En Brasil los niños mueren a manos de los escuadrones de la muerte; en Colombia se pudren en las alcantarillas; en África los gusanos los devoran en vida.
Hay niños infectados por el sida, que nunca lo sabrán porque van a morir sin información o cariño.
Veía no hace mucho en Canal Plus, en un reportaje que no fui capaz de terminar, a un niño de unos seis o siete años, que no era capaz de mantenerse en pie sobre sus piernas enfermas, infectadas del virus del sida, como todo su indefenso cuerpo. Cada movimiento era para él llaga y dolor.
Abandonado de padres y familia, moría a los ojos del mundo, que ha puesto una ventana en cada casa y se solaza pensando que no se está tan mal frente a otros.
Y ese niño ha muerto sin saber por qué. Para él, el cariño de sus padres quizás mitigara parte del horrible sufrimiento que padecía. Pero murió sin saber lo que era jugar, reír o disfrutar, ni lo que eran unos padres. ¿Para qué lo trajo Dios al mundo?
Y hay niños "normales" que permanecen meses sin pisar la calle, enclaustrados en un piso de cuarenta metros cuadrados y a veinte a ras del suelo, sin tocar jamás un árbol, sin jugar con otros niños, sin sentir la vida tan necesaria.
Tanto dolor no puede quedar impune. Un niño que llora es un golpe en el alma, si es que tenemos alma. Pero exista o no, se transcienda o no, todos formamos parte de un algo que está sufriendo, y mucho.
La indiferencia de las gentes; el ruido que poco a poco nos mata, hace que todos nos volvamos crueles.
Recuerdo una tarde, caminaba con rapidez con ganas de llegar a casa. Al doblar una esquina y en un edificio que se encuentra justo enfrente del mío, observé cómo un grupo de personas miraba, sin hacer absolutamente nada para impedirlo, a un hombre de unos cuarenta y tantos años golpear a un niño de trece o catorce. El niño era, por lo visto, el autor de las cartas de amor que recibía la hija del energúmeno.
-- Pero... ¿qué hace? – le increpo, temblando por la indignación y el desconcierto.
-- !Usted no se meta donde no le llaman¡ -- me amenaza el individuo.
-- !Está pegando a un niño¡ -- grito y tiemblo.
-- !Este niño es un delincuente. Usted no sabe de lo que es capaz! -- me alecciona, aún gritando.
Y el niño, sangra por boca y nariz; llora mansamente.
-- Yo no he hecho nada – afirma y me conmueve.
-- ¿Que nos ha hecho nada? Vaya gracia tiene la cosa. Nos tienes la vida amargada con tus llamadas, con tus cartitas; con el timbre de la puerta -- sonríe con cinismo el criminal.
-- Yo no soy – se disculpa, y sigue llorando.
Ya no le golpea; pero al niño le falta un diente y tiene la camisa manchada de sangre. El energúmeno le mantiene aún sujeto por la camisa.
-- Por muy canalla que sea este niño, usted no tiene derecho a hacer lo que ha hecho -- le recrimino, sin apenas fuerzas.
-- !Sí tengo derecho. Es mi vida y la de mi hija; y no estoy dispuesto a que nadie nos la fastidie¡ -- me grita despectivamente.
-- ¿Quieres que te acompañe a la policía? No sé qué es lo que habrás hecho realmente, pero desde luego no pueden maltratarte de esta manera -- digo al niño, a la vez que con la mirada le pido perdón por la vileza ajena.
Y me duele mi cobardía, y el quedarme agarrotado por los nervios, incapaz de refrenar el ostensible temblor que amaga en ataque de nervios. De haber continuado el mamarracho golpeándole, no habría sido capaz siquiera de gritar.
-- Es una salvajada lo que le ha hecho -- acierto a decir
Y recuerdo esto ahora, porque me siento también niño. Si cabe, incluso más indefenso que él.
A la vez estoy descubriendo cosas en mí que me horrorizan. Cuando era un joven idealista, pensaba que de poder con mi vida o con mi sufrimiento aliviar los de la Humanidad, lo haría sin dudar.
Ahora sé que no soy capaz. Que busco el alivio a mi incapacidad, aunque para ello sea preciso dejarme morir.
Las sesiones de recuperación las veo más como una tortura sin sentido que como algo realmente eficaz. Unas manos que me transportan como si fuese un pelele. Alguien que me tumba; flexiona mis brazos, mueve mi cuello; dobla mi cuerpo en un espectáculo de feria, más que por sanar los músculos ausentes. Una piscina; el agua que no quiero disfrutar...
Miro con desprecio al fisioterapeuta. Un punto último de educación me impide mandarle a la mierda.
No tengo fuerzas para llorar. Quisiera hacerlo y aliviar con ello la congoja que me atenaza desde que abrí los ojos al dolor, hace de ello ya cinco meses.
Sí; soy un niño. Pero esta vez no habrá brazos que me acojan, ni madre protectora.
Debo estar pagando el mal que la Humanidad se hace a sí misma. No es posible permanecer indiferentes o mirar hacia otro lado, cuando a poco más de dos horas de vuelo y en pleno corazón de Europa, se masacra impunemente a miles de personas.
Si alguno de esos niños bosnios, serbios o croatas alcanzados por la metralla o traumatizados por la muerte de sus padres, consigue sobrevivir, ¿cómo se enfrentará al mundo? ¿Tendremos el valor de mirarles a la cara?
Arrastran un sufrimiento tan desproporcionado a su corta existencia, que a algunos más le valdría haber muerto que seguir viviendo. Jamás podrán borrar de sus vidas tanto horror y tanta miseria.
La joven bosnia que se cuelga de un árbol ante la indiferente mirada de seres sin alma que pasan junto a ella. Los niños que se alimentan, cuando pueden, de ratas o hierba.
Estoy pagando un precio justo, que otros muchos han de pagar con el tiempo. El precio que habrá de pagar todo Occidente, por empeñarse en mirar a otro lado y no atender más quejas que las ruidosas o cercanas.
El nacionalismo es un cáncer que matará a mucha gente. Se exacerba el egoísmo hasta un punto tal, que todo aquel que no es de nuestra etnia, pensamiento o lugar de nacimiento, es considerado diferente y/o ajeno, y en consecuencia repudiado, expulsado y/o asesinando, sólo por ser diferente.
Odio los nacionalismos. ¿Por qué se empeñan en vendernos la idea de un mundo sin fronteras, cuando las hay más que en ninguna otra época?
Han desaparecido algunas fronteras, es cierto. Pero sólo aquellas que ha interesado suprimir o no se ha podido controlar. No existen fronteras para las emisiones radioeléctricas o para la difusión de las ideas. Pero qué difícil resulta para un pobre vivir con dignidad o para un emigrante encontrar consuelo.
No hay excepciones. España es un país tan racista como pueda serlo cualquier otro. Europa se mantiene en una ficción, porque Europa todavía tiene para comer. Dios quiera que no falte el pan o el agua. Desaparecerá entonces esa solidaridad de pacotilla y la comunión de los intereses comerciales actuales.
En algunos lugares la gente muere por exceso de alimentación; en otros de lo contrario. Quizás además de darse la paz de una puta vez, el mundo debiera pensar en redistribuir con mayor equidad las riquezas.
Recuerdo cuando veía aquellas campañas de televisión tan impactantes que venían a decir "las imprudencias no sólo las pagas tú". Es cierto, aquí es donde se aprecia en su justa medida cuanto de verdad hay en ello. La muerte, no tiene solución y deja familias rotas. Pero sólo Dios sabe lo que ocurre con los que quedamos tetrapléjicos. Resulta en algunos casos peor que la muerte. Yo soy de los que no quiere ver siquiera a su familia, pero aquí hay chicos que de no ser justamente por la familia serían incapaces de sobrellevar sus vidas.
Mis padres sufren. Hay incluso amigos y compañeros que les delata el gesto. Pero justamente es eso lo que más me hace sufrir. Soy diferente, siendo igual a ellos. No quiero compasión. Pido que si he de seguir así para el resto de mi vida, me ayuden a morir. Es lo único que pido.
Reconozco mi participación directa en la indiferencia colectiva; en el egoísmo reconcentrado que nos hace mirarnos permanentemente al ombligo. Yo, ya he pagado. Me gustaría decir que asumo la totalidad de la culpa y que espero que de ahora en adelante el mundo sea mejor, para que nadie más se vea forzado a sufrir esta condena. Pero no puedo. Ni siquiera sufrí un accidente decente. Fui el torpe ciudadano que se relaja en la jungla y le muerde la serpiente cascabel.
!Qué locura de mundo¡ Abstraído como estaba, nunca antes había recapacitado en el tremendo despilfarro de vida que se comete. Se vive a velocidad de vértigo, queriendo ser el primero; aspirando a la excelencia y al liderazgo. Y eso no es vivir. Quizás sea sobrevivir. Pero yo creo que aquí se viene para aprender y compartir. No ser el mejor ingeniero o el que más dinero o notoriedad alcanza. Se puede ser el mejor ingeniero, pero a la vez compartir con los demás esas inquietudes que asolan al hombre desde el principio de los tiempos.
Estoy hecho un lío; un mar de dudas. Todas estas reflexiones me las debiera haber hecho hace tiempo. Ahora me llegan de golpe y no consigo asimilarlas, en parte por el miedo y en parte porque al verme forzado a ellas, nos las digiero en su totalidad.
Debiera haber reflexionado antes en la convivencia razonable; en el equilibrio entre profesión y ganas de vivir.
Tengo treinta y siete años. Estado civil soltero, y así será hasta que muera. No me he casado, porque todo mi empeño lo he puesto en el trabajo. Todas mis ilusiones eran ser el mejor; saber cuanto más mejor. Me olvidé de tener una familia; traer nueva vida a este mundo y compartirlo con la sangre de mi sangre.
Es demasiado tarde. No sé cómo me dejé llevar de esta quimera. Lo cierto es que ya no soy capaz siquiera de envidiar a los vivos.
Me gustaría transmitir un mensaje de cordura. El trabajo bien hecho es un bien necesario. Pero hay que acompañarlo de un sentido. No confundir el medio con el mensaje. Venimos para aportar algo a los que nos continúen. De igual modo que los que nos fueron anteriores nos aportaron lo mejor de lo que fueron capaces.
Es verdad que siempre ha habido guerras, devastaciones y crueldades extremas. En eso somos continuadores de los que nos antecedieron. Sin embargo, yo creo que nunca como ahora ha estado la Humanidad tan embebida de sí, pensando que éste es el último viaje.
Nada es intocable. Todo se altera o se manipula. Se arrasa en segundos lo que ha costado generaciones poner en pie. Se queman los bosques, se arrancan las viñas; se riega el secano y el humedal se convierte en desagüe para la industria tóxica.
Alguien ha de decir de una vez por todas! ya está bien¡ Vale de progreso, si ese progreso lo único que trae es que la gente sobreviva, a costa del respeto que se merece la Tierra que a todos nos ha parido.
La Tierra es madre, pero es también el niño que todos llevamos dentro; y que nos pide de continuo armonía, reflexión, respeto.
¿De qué me va a servir vivir lo que me resta, mermadas mis funciones, sin disfrutar del campo, del agua y de la vida? Más me valiera haber vivido lo que se me dio de crédito a plenitud; gozando del instante, saboreando lo puro y gozoso de la naturaleza; todo cuanto se ofrece para el deleite de los sentidos; y morir luego de golpe una vez completado el ciclo.
Hubo un poeta que dijo hace tiempo del pobre que pedía a las puertas de Granada, algo parecido a "ten misericordia, mujer, da a ese pobre, que no hay mayor desgracia que ser ciego en Granada".
Y cuando uno carece del sentido más importante: el del propio respeto, ¿qué cabría hacer con ese hombre, ciego y a la vez inmóvil?
Ya son cerca de seis meses los que llevo postrado. Apenas si he avanzado. Consigo asir alguna cosa liviana con la mano derecha. Me manejo con el mando del televisor y el botón de asistencia. Es cuanto he podido progresar. Ni siquiera puedo activar el control que posiciona la cama, para situarme a la altura que más me convenga. He de pedir ayuda para todo.
En las lesiones medulares, no hay avance médico que pueda servir de esperanza. Es probable que algún día la medicina consiga encontrar los remedios contra el cáncer o contra el sida. Pero no hay manera de reponer una médula rota.
He entablado conversación con alguno de los residentes. Debo decir que he realizado un descubrimiento curioso. No existen barreras sociales para las personas rotas. Lo mismo te tuteas con un señor de sesenta años, que le cuentas las intimidades más recónditas a un chico de dieciséis.
Gracias a Iván, uno de esos chicos, acepté intentar manejarme en una silla de ruedas. Al principio, y pese al drama de nuestras vidas, me parecía ridículo y me daba como un acceso de risa.
No era capaz de mantenerme verticalmente. Me caía hacía uno u otro lado. Poco a poco conseguí mantenerme recto.
He recorrido la totalidad de las instalaciones del Centro. No hay mayor conjunto de tragedias que las que se viven tras estas paredes. Personas que lloran; que saben que probablemente jamás vuelvan a comer solas o que precisarán de ayuda hasta para sus necesidades más íntimas. Sueños, ilusiones rotas; juventudes truncadas, atardeceres definitivamente oscurecidos.
Todos somos en el fondo ese niño que nuestra madre parió. Desvalidos, nos enfrentamos a un mundo que excluye y oculta los aspectos individuales poco atractivos para los triunfadores.
Nos gustaría asir la mano de la madre. Dejarnos mecer de nuevo en la cuna y volver a vivir para no caer en los errores cometidos. Pero lo cierto es que la madre envejece y también, como tú, tiene miedo.